
Ray Ewry fue ocho veces titular olímpico. Foto: Internet.
Hay seres que poseen dones maravillosos para las lides del músculo. En esta serie les narraré tres historias sobre jóvenes que hacían sufrir a quienes más los querían por sus graves problemas físicos y luego abrazaron la gloria. Aquí va el primer relato.
De inválido a ocho veces campeón olímpico
Para el pequeño Ray hay un sillón de ruedas en su camino. Aunque al médico, de pronto, una luz lo ilumina. Le dice a los acongojados padres: “Probemos con el deporte”. Y se lanzan. Comienza una batalla día tras día, difícil, angustiosa, esperanzadora: carreras, saltos, ejercicios de fuerza.
Aquí está Ray Ewry. Alto, delgado, de músculos largos. Forma parte del equipo norteamericano que asiste a los Juegos Olímpicos de París, en 1900. Aquel muchacho cercano a la invalidez conquistó tres preseas doradas en los saltos sin impulso con un metro (m) y 63 centímetros en la modalidad de alto, 3,21 m en largo y 10,58 m en triple. Además ganó un sobrenombre: el “Hombre de Goma”.
Luego vinieron los terceros juegos en San Luis 1904. Otro trío de victorias para Ewry con 1, 49 m, 3,47 m y 10,54 m. Ya en Londres 1908 algunos lo consideran viejo. “Solo tengo 35 años y me siento muy bien. Les voy a callar la boca a esos pesimistas”. Y lo consiguió. En la capital inglesa logró dos premios máximos, en largo (3,33) y alto (1,57). La restante prueba había sido eliminada.
El candidato a inválido no sólo se curó debido al deporte sino que fue ocho veces titular de la magna justa, y su nombre se mantendrá eternamente junto al de las marcas del clásico en esas modalidades, al ser suprimidas del programa desde Estocolmo, en 1912.
Sin embargo, periodistas e historiadores cometieron una ingratitud: no se recuerda el nombre del doctor que con su consejo y dedicación hizo a aparecer al “Hombre de Goma”.
