Para las Williams el camino no fue fácil

Las hermanas Williams. Foto: Stefan Wermuth/Reuters

Las hermanas Williams. Foto: Stefan Wermuth/Reuters

Ella es el tenis convertido en mujer. La afronorteamericana saca, responde, remata. Espectáculo de maravilla. Técnica superior; el coraje y la inteligencia al mismo nivel.

La mejor atleta del mundo en el año 2015 según diversas selecciones internacionales: se impuso en Wimbledon, el Abierto de Australia y el Roland Garros y llegó a semifinales en el Abierto de Estados Unidos. Triunfó en 53 oportunidades; solo tres reveses. Los expertos la consideran la más destacada tenista del siglo XXI.

Sin embargo, fracasó en Río de Janeiro 2016 cuando quería repetir sus conquistas olímpicas: dos medallas doradas junto a su hermana Venus en Sydney 2000 y Beijing 2008, y titular individual en Londres 2012. Venus, raqueta de oro en la justa de la ciudad australiana.

La vía, jamás llena de flores. El racismo las hirió desde los inicios en la propia patria y en diversos países. Con su calidad enfrentaron la barbarie, que se mantiene con pisadas soterradas. A los incivilizados les duele el quehacer de las dos, sobre todo, el de la excepcional Serena. La ofensiva ahora se disfraza: silencio, aun la negación, la búsqueda de aristas desfavorables, y cierta felicidad si pierden.

En una edición de la revista Mujeres, el periodista Jesús E. Muñoz Machín arremete contra el ataque que han sufrido ambas atletas nacidas en Michigan hace 34 (Serena) y 35 años (Venus): “(…) el tenis exhibe una amplia saga de sucesos racistas. Serena Williams y su hermana Venus, aun siendo exitosas, no han escapado de ello. El hecho más dramático ocurrió en el prestigioso torneo de Indian Wells, que se efectúa en Estados Unidos”.

Apunto: la ofensiva es más fuerte porque son triunfadoras y eso molesta a los discriminadores. Recuerdo lo publicado en una revista de la República Federal de Alemania: aseguraba que la agilidad y destreza de los negros se debía a que estaban más cerca de los monos y de ahí su menor raciocinio también.

Sigue Jesús: “Serena comenzaba su ascenso a la cima. Se disputó la final del certamen y la mejor de las hermanas resultó ganadora al imponerse a la belga Kim Clijsters, pero el título le dejó un sabor agridulce”.

Muchos coterráneos aplaudieron entusiasmados los tantos de la europea y demostraron aflicción por los de la rival. Hubo tristeza en la mayoría de los espectadores que, “(…) apenas festejó el triunfo de su compatriota e incluso una parte del público imitó sonidos guturales semejantes a los de los monos”. Ocurrió en la justa del 2001.

En su libro Blanco y negro: así lo veo yo, el padre de las ases, Richard, esclarece: “El coro de abucheos que cayó como una cascada mandó un mensaje poderoso a Serena, a Venus, a mí y a América (…). Las acusaciones y los epítetos racistas volaron por el estadio (…)”. Además, a ritmo de un rumor, impulsado por los medios de prensa, trataron de rebajar el resultado: la mayor de las Williams declinó enfrentarse a la hermana para favorecerla, divulgaban. Y aquella padecía de tendinitis.

Las hoy veteranas, encabezadas por Serena, han escrito un capítulo glorioso, reivindicador de los preteridos y discriminados del mundo, por encima de ellas mismas, hasta, quizás, sin darse cuenta de lo que han conseguido no solo en las canchas.

Al decir adiós al deporte activo, nadie podrá borrar tanta gloria desagraviadora de las personas que tienen enfrente valladares económicos y espirituales que no se limitan a las lides del músculo, desconocidas para ellos en mayor proporción. Como ha expresado Fidel Castro: “Más de cuatro mil millones de personas que viven en el Tercer Mundo apenas tienen noción de lo que es el deporte (…)”1.

Si con tenistas extraordinarias y en Estados Unidos sucede los narrado, ¿cómo lograr una estrella, ni siquiera practicantes, en La Guajira colombiana, la tierra palestina, o en esos territorios tan esquilmados de África?

Y lo peor, ¿sabe o le interesa al futbolista colombiano James la muerte cotidiana de tantos infantes en la citada La Guajira? Piensa como vive, en el sálvese quien pueda de donde rige el poderoso caballero. Los intereses personales enlodando la virtud. Desgraciadamente, no es excepción en este ámbito comercializado al extremo.

Aun con esta degradación en pañales, reflexionó Pablo de la Torriente Brau, en vísperas de su viaje a España para pelear contra el fascismo.

Disgustado por los desprecios de Hitler a los negros norteamericanos vencedores en la justa de 1936, sin que apareciera una respuesta contundente más allá de la proeza deportiva, escribió: “Cada vez pienso más, que el atleta es el animal inferior de la escala humana”.

Y no obvió la invasión italiana a lo que es hoy Etiopía: “Los negros de Abisinia siguen peleando. ¡Esos sí que son atletas famosos!” Y era un practicante brillante de fútbol rugby…

Sin usar a plenitud el látigo de Jesucristo para expulsar a los mercaderes del templo de la vida y el de las lides musculares, el deporte blanco ya no lo es ni por las vestimentas ni por lo que se insinúa al llamarlo así por el color de la piel de la casi totalidad de sus astros.

Hubo y hay escapados como estas dos hermanas, el primer negro ganador de Wimbledon (1975), el ya fallecido Arthur Ashe, y el francés Yannick Noah, algunos competidores actuales como el mulato galo Wilfried Tsonga y mestizos y negros que empiezan a resaltar en los Estados Unidos; tal vez no saben lo que les espera desde la fanaticada rancia del revoltoso Norte.

Cuando la barrera antipueblo sea destrozada, para bien del deporte y de la humanidad, los tenistas recién llegados al ir hacia las raíces, marcha imprescindible, encontrarán allí el aliento de la familia Williams.

Citas bibligráficas:

1 Palabras del discurso del Comandante en Jefe Fidel Castro en marzo de 1988.

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