
Pablo de la Torriente Brau también amaba el deporte. Foto: Cubadebate.
A Pablo de la Torriente Brau cada pedacito de Cuba y el mundo le pertenecía, le llegaba al alma para luego ponderarlo o atacarlo, según fuera el caso.
Con su potencia singular, Pablo criticaba lo que corroía la sociedad, lo mal hecho, y por el contrario, defendía lo correcto, pasara lo que pasara.
Esa uno de esos hombres que arriesgaba ·el pellejo” por la verdad y la justicia como cuestión natural en su bregar por un mundo mejor. Eso sí, era especialista en la crónica, el reportaje, la entrevista, el comentario, al vivir la noticia, sentirla, profundizarla desde una visión y un quehacer con sello propio.
Hasta en eso se ve que aprendió a leer en La Edad de Oro, de José Martí, quien comprendió la trascendencia de la cultura física y en sus escritos sobre el tema demostró la urgencia de realizar ejercicios, le cantó a la hermosura del riesgo, criticó a quienes lo promovían por dinero y ninguno como él en esa etapa fustigó en forma y contenido el boxeo profesional, ese tránsito del hombre al bruto.
El discípulo puertorriqueño cubano, amén de practicar el deporte con altura, lo trató desde la escritura, con elegancia.
Como buen martiano no se le escaparon las lides musculares para usarlas cual bloque de arrancada para seguir corriendo mucho más allá de la pista, pretexto incluso para filosofar o dar rienda suelta a su humanismo.
Nadie se equivoque, él sabía de las contiendas del músculo desde la base hasta el olimpismo, por encima de reglamentos e historias. Pablo conocía lo que es “perder la picúa” en un momento decisivo o sacrificar el físico para que los delanteros anoten el gol y se lleven toda la fama.
Tuve la oportunidad de escribir el prólogo de Recuerdos de la próxima Olimpiada, publicado por Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau en 2002 (reeditado en 2012), que compila la inmensa mayoría de las creaciones acerca del ámbito de la cultura física, de quien cayó en Majadahonda por la libertad de España, el 19 de diciembre de 1936, a los 36 años de edad.
Aun en vísperas de su viaje a la tierra hispana, lo deportivo emerge de su alma cuando en apasionada crónica dice:
“Para distraer un poco la imaginación, leo las noticias de las Olimpiadas de Berlín. Pero todo está lleno de revolución hoy en el mundo. Los desprecios de Hitler a los atletas norteamericanos triunfadores sólo por ser negros, son elocuentes”
Y agregó: “Lástima que en ese equipo no haya habido un solo atleta capaz de asumir una actitud digna y noble. Cada vez pienso más, que el atleta es el animal inferior de la escala humana”.
No fueron las únicas veces que lanzó su dolor e indignación a las cuartillas por aquellos a los que únicamente les importan las lides del estadio o el gimnasio, mientras soslayan combates mucho más importantes, por el mejoramiento de la humanidad toda.
Y además recalca la importancia del ejercicio físico cuando expresa: “Me he ido a aprender a nadar un poco. Esto me cansa y, además, puede serme de extraordinaria utilidad, a lo mejor (…)”.
Así era Pablo, un periodista cuya letra iba a lo esencial y no perdía oportunidad para asestar golpes a las discriminaciones, la politiquería y las mansedumbres presentes en la actividad atlética.
