
El suizo Roger Federer es el máximo ganador de títulos en Wimbledon. Foto: ABC.ES.
En el torneo de Wimbledon, uno de los cuatro certámenes más prestigiosos en el tenis contemporáneo, los deportistas solo pueden vestir de blanco, según estipula el comité organizador del evento.
En esa justa, que se disputa cada año en Londres, Inglaterra, la vestimenta deportiva, la ropa interior y el calzado solo pueden ser de la referida tonalidad y debe mostrarse inmaculada, pues ni siquiera se permite el color crema.
Incluso, si un jugador no cumple con el código establecido para la lid, el árbitro debe exigirle que cambie su atuendo o quedará descalificado.
A estas alturas quizás te preguntes por qué estas rigurosas reglas que han perjudicado a más de un raquetista de primer nivel.
Según los historiadores del campeonato, la regulación está vigente desde el siglo XIX, época en la que el tenis era considerado un deporte solo para las clases adineradas. La disciplina se encontraba, además, entre las preferidas para amenizar las reuniones sociales.
En aquellos años las manchas de sudor en la ropa negra eran mal vistas, porque suelen teñir la ropa de un color blanquecino, por lo que se prefería usar ropa blanca para jugar y así evitar la vergüenza.
Pero esa tradición de las clases medias y altas luego se llevó al deporte organizado y el All England Club, creado en 1868 y que sirve de sede al torneo de Wimbledon, siguió respetando esa antigua práctica.
Desde el inicio los fundadores de ese círculo deportivo establecieron que solo se permitiría “una línea de otro color en el cuello o en las mangas, siempre que superaran el centímetro de grosor”. Imagínense que la ropa interior también debe ser blanca.
Por esa sui géneris reglamentación se han visto afectados, entre otros, el suizo Roger Federer, a quien en 2013 se le pidió que no usara su calzado pues la suela era de tonalidad naranja.
También el estadounidense André Agassi se negó a jugar en Wimbledon en los primeros años de su carrera debido a que su short de mezclilla estaba prohibido.
(La reseña contó con la colaboración de Jesús E. Muñoz Machín)
