
Turistas llegan a La Habana. Foto: Cubadebate
El turismo ha demostrado ser el sector que más puede favorecer el clima de normalización de las relaciones entre Cuba y los Estados Unidos (EE.UU.), argumenta el doctor José Luis Perelló Cabrera, en un trabajo especial para Excelencias Cuba.
Es cierto que hoy, el incremento de la llegada de visitantes a Cuba es, quizás, la evidencia más palpable del cambio de clima entre los dos países, aunque creo que es pronto aun para determinar qué factores tomarán la delantera en el camino hacia la normalización de esas relaciones.
Es que la veo tan lejana en el tiempo como que ningún país puede decir, con apego a la realidad, que sus vínculos con EE.UU. son normales, ni siquiera aquellos que se titulan sus aliados.
No obstante, el turismo ya contribuye mucho al propósito más alcanzable de construir una convivencia pacífica y civilizada entre ambos países, que excluya la posiblilidad de una confrontación violenta y elimine el aliento y el financiamiento a la subversión, aunque no impida la controversia política e ideológica.
Un año de relaciones diplomáticas ha demostrado esfuerzos conjuntos y ciertos avances en las esferas comercial, financiera, académica y de cooperación en diversas áreas, pero con resultados muy modestos.
En cuanto al turismo, aunque persiste la prohibición de viajar a Cuba, salvo para categorías muy precisas, el pasado año vinieron 732 mil 868 visitantes de EE.UU., 434 mil 722 de ellos pertenecientes a la comunidad cubana en ese país.
De enero a junio de 2016, suman dos millones 147 mil 919 los visitantes que llegaron a la Isla, procedentes de todo el mundo, 11,7 por ciento más que en igual período del año pasado, crecimiento que no está determinado por la llegada de naturales estadounidenses, sino por el estímulo derivado del restablecimiento de las relaciones formales con EE.UU., pues hoy ya no se percibe como sacrilegio visitar a Cuba.
En ese período, igualmente hubo un repunte notable del turismo de cruceros, con 53 mil 748 cruceristas, entre los cuales muchos son norteamericanos.
De acuerdo con las encuestas, 51por ciento de los estadounidenses que viajan al Caribe quieren vacacionar en la mayor de las Antillas, y al menos el 20 por ciento preferirían disfrutar de una estancia de varias noches aquí.
En algún momento, tendrá que ser derogada la prohibición que les impide ejercer de ese derecho constitucional.
Esa prohibición revela que los gobernantes norteamericanos realmente no confían en la efectividad de los propósitos definidos para el contacto “pueblo a pueblo”, y saben que la gran mayoría de los visitantes estadounidenses, en lugar de contribuir a socavar el respaldo de la población cubana al socialismo, descubren la falsedad de la propaganda que pretende estigmatizar a nuestro país.
Ellos perciben el carácter humanista del sistema político y social cubano, palpan los efectos del criminal bloqueo impuesto por el gobierno de los EE.UU. contra Cuba, sienten la hospitalidad y la solidaridad de nuestro pueblo y comprenden que aquí no existe un sentimiento antinorteamericano.
Esos son los mensajes que trasmiten, a su regreso, a familiares y amigos, junto con las vivencias de las bondades del clima, los paisajes, las playas, la cultura y todos los demás valores turísticos cubanos.
Así, el imparable incremento de visitantes norteamericanos a Cuba es un factor determinante de los avances hacia una relación civilizada entre ambos países, aunque los intereses hegemónicos de la cúpula del poder es ese país pretendan eternizar los obstáculos en ese camino.
Los turistas no determinarán el fin del bloqueo, ni de las agresiones radiales y televisivas, ni del financiamiento y aliento a los agentes internos de la desestabilización, ni de las regulaciones migratorias politizadas, ni lograrán la devolución del territorio cubano que usurpa la base, prisión y centro de tortura norteamericano en Guantánamo, ni de la campaña de descrédito contra Cuba.
Sin embargo, sus vivencias allanan el camino para que, en un futuro, su gobierno tenga que ir desmontando esos obstáculos para alcanzar una relación bilateral, quizás nunca “normal”, pero sí respetuosa.
