En una calurosa tarde habanera de julio del actual año, encontré en una barriada de la periferia habanera un vendedor callejero de mango dispuesto “a acabar con el abuso”- como pregonan los comerciantes formales e informales- de los altos precios de productos agrícolas.
Sin ningún tipo de regateo, el hombre me vendió 16 mangos por 10 pesos en moneda nacional y me ofreció además cuatro de “napa”, de “contra”, como se dice por esta geografía, cuando lo habitual es vender un mango entre uno y tres pesos. Lo cierto es que dicha fruta está a pululo.
El hecho ocurrió, cuando habían transcurrido pocas horas de la terminación de las sesiones del Parlamento cubano, donde se conoció que el Producto Interno Bruto (PIB) creció un 4,7 por ciento durante el primer semestre del presente año, lo cual hizo afirmar a las máximas autoridades del país que “ciertamente ha podido revertirse la tendencia a la desaceleración del crecimiento” del PIB.
La apreciable producción de mango en la presente campaña 2015 y la historia de marras, me llevó a sentir el deseo de que el PIB cubano debiera ser como la producción de la deliciosa fruta en la actual temporada, lo cual se aprecia en el mercado, con precios menos inflados y variadas ofertas.
Pero el PIB de la Isla tiene deudas históricas con el consumo, pues la agricultura por diferentes causas no ha podido hacerse justicia con la producción de alimentos en cantidades suficientes para satisfacer la demanda.
Habla en este último caso del arroz; la leche; la harina de trigo y el azúcar; a pesar de que las máximas autoridades del país plantean “que en la estructura por orígenes del PIB… el aporte por sectores dentro de la nueva riqueza creada, el sector de la agricultura, la ganadería y silvicultura crece un 4,8 por ciento”.


