
Enrique José Varona. Fotos: Internet/Montaje: Yelemny Estopiñan Rivero.
La enseñanza para Enrique José Varona ocupaba un lugar primordial en la sociedad, apoyada por recursos y valores modernos y científicos, su concepción de la educación estaba en avance con su época en Cuba.
Concibió siempre la modernidad, la ciencia, la enseñanza y la democracia como pilares fundamentales del bienestar de una nación.
La Universidad de Ciencias Pedagógicas de La Habana lleva por nombre el del destacado pedagogo, quien dejó como legado a las nuevas generaciones su propia vida.
Del centro docente egresan cada curso escolar decenas de maestros que imparten clases en cada una de las enseñanzas, y que continúan la obra que con tanto amor desarrolló el también escritor, filósofo y pensador.
Fue trascendental su pensamiento al afirmar: “que se haga descansar toda la obra de nuestra enseñanza sobre una base estrictamente científica para que sea objetiva, experimental y práctica”.
“Hacer que el adolescente adquiera sus conocimientos del mundo, del hombre y de la sociedad de un modo directo y no de la manera reflejada en los libros y las lecciones puramente verbales, es prepararlos para la activa competencia a que obliga la multiplicidad de relaciones de la vida moderna”.
El pensamiento de Varona (1849-1933) estuvo muy marcado por las influencias de su época, en los inicios fue la impronta dejada por Félix Varela y José de la Luz y Caballero, quienes influenciaron en él un pensamiento humanista, idealista, y con una marcada postura positivista.
Sin embargo, a medida que avanza el nuevo siglo y más aún al abandonar la vicepresidencia de la República en 1921, aparecen manifestaciones de pesimismo, y en las que se aprecia la huella de Friedrich Nietzsche; algunos conocedores de su obra lo catalogaron como un escéptico creador.
Cuentan los estudiosos de su vida que solo al final de ésta recobró el optimismo, en un momento en que las luchas estudiantiles contra la dictadura de Gerardo Machado lo convierten en mentor y guía de los universitarios.
Compartió las tesis spencerianas de la defensa del individuo frente al Estado, pero las luchas políticas en la Isla lo llevaron a cambiar de opinión y considerar que, al menos en la situación cubana, este debía ser centralizado con energía por el poder ejecutivo.
Sabía que los gobernantes inevitablemente se corrompían por el poder, de ahí que en 1922 escribió: “¿Y si tropezamos con el ave fénix, con el gobernante perfecto? Como el gobernador perfecto ha de ser un hombre, no demos ocasión a que el tiempo cercene y fatalmente cercenará sus perfecciones. Que sirva en su único período, de vida y de estímulo”.
Simpatizó la mayor parte de su vida con el positivismo sui generis que se manifestó en América Latina, pero también supo dejarlo a un lado y superarlo cuando comprendía sus limitaciones.
Se agenció el prestigio en el ámbito intelectual iberoamericano, y sus obras y pensamiento quedarán como lo mejor en el ámbito filosófico y pedagógico del continente americano en toda la primera mitad del siglo XX.
Al estallar la Guerra de los Diez Años, en 1868, se incorpora al campo de batalla, al finalizar ésta en 1878 con el Pacto del Zanjón, se une al movimiento autonómico y reinicia sus actividades literarias, las que se vuelven más intensas, dicta y publica en la capital cubana sus célebres Conferencias filosóficas sobre lógica, psicología y moral.
Más tarde, ante el fracaso de su gestión como diputado a las cortes de España representando a Cuba, rompe con el autonomismo.
En 1923 preside en La Habana, a solicitud de Julio Antonio Mella, el acto de fundación de la Federación Estudiantil Universitaria (Feu); apoya el movimiento de la reforma universitaria y las luchas de los jóvenes por derrocar la dictadura de Machado.
