Las otras consecuencias históricas del diez de octubre de 1868

Cuando la vanguardia de la burguesía cubana reconoció, el 10 de Octubre de 1868, junto con la proclamación de la independencia del yugo colonial español, la igualdad de todos los hombres y con esto, la abolición de la esclavitud, aunque fuese localmente, allí, en un punto específico de nuestra geografía, asumió como clase social la condición que había sido su objetivo.

Cuando la vanguardia de la burguesía cubana reconoció, el 10 de Octubre de 1868, junto con la proclamación de la independencia del yugo colonial español, la igualdad de todos los hombres y con esto, la abolición de la esclavitud, aunque fuese localmente, allí, en un punto específico de nuestra geografía, asumió como clase social la condición que había sido su objetivo.

Ya se ha reiterado, en muchas reseñas conmemorativas, año tras año, todo lo anecdótico y, también, lo valorativo, sobre la enorme trascendencia histórica para Cuba, de los acontecimientos ocurridos hace ciento cuarenta y cinco años, el 10 de Octubre de 1868 en el ingenio “Demajagua”, y no “La Demajagua” como erróneamente se le nombra.

Sin embargo, hay aspectos importantísimos, derivados de aquel estallido espléndido y definitivo, que no son de conocimiento general, a pesar de que han sido acuciosamente estudiados por algunos de nuestros más lúcidos historiadores.

Las reseñas a que me refiero, casi nunca hablan, en el contexto del tema, acerca de la contradicción esencial del sector de los hacendados y terratenientes, ricos y cultos, descendientes de españoles nacidos en Cuba, llamados comúnmente “criollos” hasta muy entrado el Siglo Diecinueve, aunque mayoritariamente se autodenominaban “cubanos”, poseedores, por su relación y formación educacional en el extranjero, de un pensamiento burgués. En síntesis, eran productores de azúcar, café y otros renglones, sobre la base del trabajo esclavo, o sea que producían como esclavistas y comerciaban como burgueses capitalistas. Su realidad y sus aspiraciones eran incompatibles porque, de por medio, estaban el barracón, el mayoral, el cepo y su legalizada condición de propietarios de seres humanos.

En esto se equivocan los autores de no pocas obras de nuestra historiografía, al referirse a una supuesta e imposible “burguesía terrateniente cubana”.

Cuando la vanguardia de ese sector, el 10 de Octubre de 1868, junto con la proclamación de la independencia del yugo colonial español, reconoció la igualdad de todos los hombres y con esto, la abolición de la esclavitud, aunque fuese localmente, allí, en un punto específico de nuestra geografía, asumió como clase social la condición que había sido su objetivo, y tal paso fue, para su momento, profundamente revolucionario por progresivo, de un alcance ideológico que va más allá de cualquier comparación con las ideas retrógradas, medievales, de los comerciantes españoles, efectivamente burgueses en el tipo de su actividad económica, quienes representaban y sostenían el régimen colonial.

El otro aspecto relevante se relaciona con la nacionalidad, que venía tomando forma de muy variadas maneras desde largo tiempo antes, y que en ese momento comenzó a adoptar características concretas como nación, en el exacto significado del concepto.

Desde que ese español nacido en Cuba empezó a definirse como “criollo” y devino luego en “cubano”, y más tarde sintió la necesidad de aspirar a la independencia política y económica, interiorizando, además, ideas que iban dirigidas hacia la abolición de la esclavitud, transitó por un proceso que lo diferenció y lo distinguió.

Y paralelamente al acriollamiento y la cubanización de los blancos nativos, marchó el de los descendientes de los africanos, a contrapelo con el lento reconocimiento y la aceptación, que fueron difíciles y problemáticos, debido a razones enraizadas en las conciencias, de discriminación racial, generalizadas como algo muy natural en una sociedad esclavista, proyectadas a todo lo largo del devenir de este país, incluso en el presente, con manifestaciones que tienden a difuminarse y desaparecer, pero que todavía perduran en el trasfondo, como una herencia indeseable y molesta.

No por haber nación propiamente dicha, sino a partir de la integración de las razas, coincidiendo en objetivos comunes, como la independencia, combatiendo y muriendo juntos; se forjó además una tradición de heroísmo, que ha pasado a formar parte de la idiosincrasia y de la identidad del pueblo cubano.

En Guáimaro, seis meses después, con la formación de un gobierno democrático y constitucional peculiarísimo, puesto que no dominaba más territorio que ese, mínimo, donde el patriota plantaba sus pies, la nación cubana materializó su consolidación para todos los tiempos posteriores, pero es innegable que la arrancada de esta nueva época histórica ocurrió en “Demajagua”, el memorable 10 de Octubre de 1868.

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