
Encuentro entre el Papa Francisco y el Patriarca ruso Kirill. (Foto: Ismael Francisco/Cubadebate)
Siempre pasa lo mismo: cada vez que afloran los méritos de Cuba, de tal forma que no puedan ser ocultados por la maquinaria mediática internacional, enseguida aparecen “analistas” que pretenden buscarle explicaciones truculentas a los éxitos cubanos, en cualquier esfera.
Ahora, se han quedado boquiabiertos con el hecho extraordinario e inocultable de que esta pequeña nación, tan difamada y vilipendiada, sea la sede electa por los líderes de las iglesias Católica y Ortodoxa Rusa para su reconciliación histórica.
Casi sutilmente, estos “expertos” tratan de relacionar el hecho con el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, porque no conciben —o no quieren admitir— que la política exterior cubana sea independiente de la voluntad del vecino del norte, además de efectiva y diplomática, en el sentido profesional de la palabra.
La elección de Cuba como sede del trascendental encuentro entre Su Santidad Kirill, patriarca de Moscú y de toda Rusia, con el papa Francisco, sumo pontífice de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, está fundamentada, en primer lugar, en la realidad cubana, donde son respetadas y conviven, libre y armoniosamente, las más disímiles creencias religiosas, algo que la campaña mediática siempre ha tratado de negar.
Es un monumental desmentido a las calumnias sobre supuestas violaciones al derecho de toda persona “a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”, que tanto respeta este país.
Razón no menos importante para que esa reunión haya tenido lugar en Cuba es que este país cultiva la amistad, la cooperación y la solidaridad con todo el mundo, sobre la base del estricto respeto a la independencia y soberanía de los estados, y promueve relaciones fraternas con todos los pueblos.
No es, por tanto, una excepción derivada de la peculiaridad de las relaciones que tuvo Cuba con la antigua Unión Soviética, ni se debe a la participación que puede haber tenido el Vaticano en el relajamiento de la relación entre Cuba y los Estados Unidos, como apuntan los aludidos “analistas”.
Las razones geográficas sí pesaron en la elección, pero no porque el aeropuerto de La Habana quedara “en el camino” de las visitas posteriores de ambos líderes religiosos (igual quedaban en camino Roma, Madrid, París y un centenar de aeropuertos), sino porque Cuba está en América Latina y El Caribe, zona de paz, declarada por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y de El Caribe (Celac). Una región donde, afortunadamente, no hay enfrentamientos entre confesiones religiosas, antes bien, un envidiable ecumenismo.
Algún que otro “politólogo” relaciona la selección de Cuba para esa histórica reunión con la experiencia de los diálogos de paz entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el gobierno colombiano.
Sí, esa es otra prueba de la confiabilidad de Cuba como sede y facilitador neutral del diálogo y la negociación, pero no, como desliza el “experto”, porque el Gobierno cubano tenga ninguna autoridad sobre la guerrilla “comunista”, sino, precisamente, por su relación respetuosa e imparcial con ambas partes.
Por cierto, un comentario al respecto usa un lenguaje casi cantinflesco para sugerir como que los citados diálogos de paz en La Habana fueran posteriores al “deshielo” entre los gobiernos de Cuba y los EE.UU., y varios párrafos después, anota que los encuentros de las partes colombianas datan de tres años atrás, es decir, al menos un año antes del famoso 17 de diciembre.
Es un viejo truco periodístico, basado en que uno lee los primeros párrafos, aunque después abandone el texto. Así, desliza el mensaje al inicio y se asegura de cubrirse las espaldas más abajo.
Por último —no podía faltar—, uno de estos paniaguados “cubanólogos” pretende que los éxitos de la política exterior cubana serían un freno a los “cambios internos”, como le llama al proceso de actualización del modelo económico y social, desconociendo que este se desarrolla según un cronograma establecido de antemano, con total independencia de intereses políticos, como quiere hacer ver.
Se notará que he usado comillas para calificar a los comentaristas, expertos y analistas, pero mi intención no es poner en duda la capacidad intelectual de esas personas, sino su honestidad, pues estoy seguro de que no actúan por error o desconocimiento, al contrario: escriben con perfidia y, cómo no, con frustración.

