El ultraje cometido contra las estatuas de los próceres José Martí y Luis Brión basta para corroborar quiénes son en realidad los enemigos de la Revolución Bolivariana.
El 26 de mayo, grupos violentos de la oposición colocaron capuchas a las estatuas de Martí, Héroe Nacional cubano, y de Brión, militar curazoleño-venezolano que luchó en la Guerra de Independencia de Venezuela, ambas ubicadas en la capitalina Plaza Chacaíto.
Con ese vandálico acto, los cabecillas de la oposición se quitaron simbólicamente la máscara y revelaron su verdadera esencia de enemigos del pueblo venezolano y de todos los pueblos latinoamericanos.
Las ideas de Martí han trascendido los tiempos y son reconocidas por todas las personas honestas del mundo, independientemente de su filiación política y de sus convicciones ideológicas.
Nadie cuerdo puede relacionar al apóstol de la independencia de Cuba con las falsas acusaciones que enarbola la derecha contra el Gobierno de Nicolás Maduro.
La intachable nobleza de la vida y obra de Martí es, y seguirá siendo, una de las principales fuentes inspiradoras de todo movimiento revolucionario o simplemente progresista en este hemisferio y aun más allá.
Si el ultraje a cualquier monumento es de por sí antiético, en este caso, traspasa los límites de lo abyecto.
Pero, ¿qué se puede esperar de los cabecillas de la derecha venezolana, empeñada como está, en barrer al chavismo para volver a entregar al país a los intereses norteamericanos y enriquecerse mucho más ellos mismos con el saqueo de las mayores reservas probadas de hidrocarburos en el mundo?
¿Cómo aplicar raseros éticos a esos manifestantes violentos que generan caos y desorden, con el fin de justificar una intervención extranjera en su país?
El ultraje a los próceres forma parte de las provocaciones dirigidas a facilitar el cumplimiento del plan diseñado por el Comando Sur de las Fuerzas Armadas Norteamericanas, denominado Operación Freedom-2.
Es un complemento de la guerra contrainsurgente de baja intensidad, descrita en los manuales del Pentágono, y que incluye una guerra de cuarta generación, en la cual toman protagonismo la descalificación, el terror, el desaliento y la desmovilización; una guerra sostenida por la red mundial de medios de difusión, responsable de 95 por ciento de las mentiras que son publicadas en el planeta.
Así lo ratifica un documento emitido en febrero de 2016 y que cita el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag), acerca de los mecanismos de acción violenta de la llamada Mesa de Unidad Democrática (Mud), en contubernio con la mayoría golpista de la Asamblea Nacional.
El escrito revela que el reclamo de la oposición al referendo y a elecciones es solo una “cobertura”, y la idea es establecer “un gobierno en transición” con la intervención de la Organización de Estados Americanos (Oea), en complicidad con ciertas organizaciones no gubernamentales, parte de la jerarquía eclesiástica y, sobre todo, al amparo de la feroz campaña propagandística nacional e internacional en contra del Gobierno de Venezuela y su supuesta violencia.
Las protestas violentas, los crímenes y provocaciones, como las capuchas colocadas a las efigies de los próceres, la quema de la casa natal de Hugo Chávez, tienen el propósito de crear la imagen de crisis humanitaria y justificar la aplicación de la Carta Democrática de la Oea, como lo acordaron los dirigentes de la Mud con el secretario general de esa organización, en un documento que dice, textualmente: “lo convenimos con Luis Almagro”.
Los sucesivos jefes del Comando Sur presentan informes sistemáticos al Senado de EE. UU. sobre los avances de su plan desestabilizador en Venezuela.
En el más reciente, el almirante Kurt Tidd admitió ante la comisión de servicios armados del Senado que “con los factores políticos de la Mud hemos venido acordando una agenda común, que incluye un escenario abrupto que puede combinar acciones callejeras y el empleo dosificado de la violencia armada bajo un enfoque de cerco y asfixia.
“También hemos acordado con los socios más cercanos de la Mud, utilizar la Asamblea Nacional como tenaza para obstruir la gobernanza, convocar eventos y movilizaciones, interpelar a gobernantes, negar créditos, derogar leyes. Si bien en la situación militar no podemos actuar ahora abiertamente, con las fuerzas especiales aquí presentes (en el Comando Sur), hay que concretar la ya anteriormente planificada para la fase dos (tenazas) de la operación”.
La verdadera dimensión de ese macabro plan rebasa las fronteras de Venezuela: tiene alcance continental y, por supuesto, cuenta con el apoyo de los gobiernos oligárquicos recién instaurados en Latinoamérica, como lo prueban declaraciones de Rubén Rivero Capriles, cabecilla de la facción opositora Voluntad Popular (Palo Verde): “Aquí no habrá Constituyente sino que seguiremos en la calle hasta sacar al comunismo con la ayuda de (Mauricio) Macri, (Michel) Temer y el resto de nuestros hermanos americanos. Y estaremos pendientes de denunciar a cualquiera que parezca chavista por complicidad a la violación de derechos humanos”.
Como dice el antiguo precepto jurídico: “A confesión de partes, relevo de pruebas”, pero si hiciera falta alguna evidencia de la catadura moral de esos personajes, bastaría el ultraje cometido contra las estatuas de Martí y Brión.

