Cuba, el desarme y sus complejidades

La reunión del 26 de septiembre sentó un importante precedente, pues demostró el rechazo mayoritario a las armas nucleares, al punto de declarar esa fecha como el Día Mundial para la Eliminación Total de las Armas Nucleares, y reafirmó el respaldo internacional al liderazgo de Cuba en los temas más sensibles para la humanidad. (Foto: weblogs.clarin.com)

La reunión del 26 de septiembre sentó un importante precedente, pues demostró el rechazo mayoritario a las armas nucleares, al punto de declarar esa fecha como el Día Mundial para la Eliminación Total de las Armas Nucleares. (Foto: weblogs.clarin.com)

Cuba ha mantenido una vertical postura de principios en las Naciones Unidas y en todos los foros internacionales en los cuales participa, incluso en escenarios adversos, donde la mayoría de los países evitan enfrentar temas muy incómodos para los poderosos, no porque no compartan las convicciones cubanas, sino porque temen a las represalias.

Sin embargo, en cuanto al desarme, se hizo patente el liderazgo de Cuba, apoyada por el Movimiento de los No Alineados, y se logró convocar, por primera vez en la historia, a una reunión de alto nivel sobre el desarme nuclear.

Para los países del llamado Tercer Mundo, el tema del desarme es complejo. Hay un amplio consenso, con sus excepciones, en cuanto a las armas de exterminio en masa, tanto nucleares como químicas y bacteriológicas, pero no sucede así en lo tocante al armamento convencional.

Hay que comprender que quienes no poseen —o no quieren poseer— bombas atómicas, necesitan proteger su soberanía e independencia con otro tipo de armamento defensivo, para no quedar a merced de las potencias hegemónicas ni de algunos vecinos ambiciosos.

Cuba, en particular, ha demostrado su vocación pacifista, rechaza todo tipo de armas de exterminio en masa y desea acabar con todos los instrumentos de muerte y las guerras, pero no puede renunciar a la defensa, ante la permanente amenaza intervencionista del gobierno de los Estados Unidos de América.

No obstante, el concepto de desarme, tal como se entiende hoy, no significa quedar inerme, sino frenar la loca carrera armamentista que sigue existiendo, a pesar de que, tras el derrumbe del bloque socialista europeo y de la Unión Soviética, parecería lógico pensar que ya no tiene justificación seguir gastando miles de millones de dólares en desarrollar y producir armas cada vez más letales y costosas, mientras se reducen los acápites del presupuesto para fines sociales.

Si ya no existe el Pacto de Varsovia, ¿Para qué hace falta el tratado del Atlántico Norte (la OTAN)? Pues, para intervenir en Irak, Afganistán, Libia… Para amenazar a Siria, Irán, Sudán del Sur y a tantos otros. Para interponer barreras militares frente a la expansión económica de la Federación Rusa y China… Pero, sobre todo, para mantener en acelerada marcha el proyecto hegemónico de quienes quieren dominar al mundo y, de paso, llenar los bolsillos de los fabricantes de la muerte.

Y para todo ello, se desarrolla la carrera armamentista, un concepto nacido junto con las armas nucleares, a partir de la década de 1950, pero que abarca ya toda una gama de armamento de alta tecnología, desde las armas químicas y biológicas, las bombas de racimo, las superbombas con explosivos convencionales, las armas electrónicas, sónicas y el llamado “escudo antimisiles”, que ha llevado el campo de batalla, literalmente, hasta el espacio cósmico.

La carrera armamentista condujo, hace varias décadas, a un punto crítico, a partir del cual, un ataque nuclear a cualquier potencia poseedora de esas armas desataría una debacle mundial, que barrería a la humanidad entera de la faz de La Tierra.

Sin embargo, esto no detuvo el desarrollo y fabricación de más y más poderosas armas atómicas, en una especie de locura belicista.

Más tarde, mediante varios acuerdos entre la antigua URSS y los EE.UU., se redujo sustancialmente el arsenal nuclear —en lo fundamental, por razones económicas y geopolíticas—, pero solo hasta unas 20 mil cabezas nucleares, más que suficientes para acabar con la vida en el planeta. Y tras la guerra en Irak, fueron firmados tratados contra las armas químicas y bacteriológicas.

Sin embargo, continuó el desarrollo de nuevos y más potentes medios para destruir y matar.

Contra esa desenfrenada carrera armamentista se dirigió la reunión de alto nivel propuesta por Cuba y apoyada por la comunidad internacional, un logro extraordinario, cuando las grandes potencias nucleares intentan desviar la política de desarme contra los demás países, dejándolos desprotegidos, frente al chantaje nuclear.

La reunión del 26 de septiembre sentó un importante precedente, pues demostró el rechazo mayoritario a las armas nucleares, al punto de declarar esa fecha como el Día Mundial para la Eliminación Total de las Armas Nucleares, y reafirmó el respaldo internacional al liderazgo de Cuba en los temas más sensibles para la humanidad.

 

 

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