Cuba y EE.UU. a un año del 17D: avances, limitaciones y perspectivas

Foto: cubadebate.cu

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Muchos medios de prensa extranjera le han otorgado un gran relieve al primer aniversario de las declaraciones del presidente cubano, Raúl Castro, y su homólogo norteamericano, Barack Obama, que señalaron, el 17 de diciembre de 2014, el inicio de una nueva política del gobierno de los Estados Unidos hacia Cuba.

El hecho, de innegable importancia histórica, ha repercutido en muchas esferas, sobre todo en las relaciones de la Isla, no solo con los Estados Unidos, sino con el resto del mundo.

Este ha sido un año de muy intensa actividad en la política exterior cubana, caracterizado por la activa participación en foros internacionales e incontables visitas de jefes de Estado y de Gobierno y otras relevantes personalidades de todo el mundo, en la mayor parte de los casos acompañados de amplias delegaciones de empresarios y funcionarios de la rama económica.

Todos estos acontecimientos, signados por la influencia del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos y el comienzo del proceso de construcción de un clima de convivencia civilizada, que debe implicar la tolerancia mutua y respetuosa pese a las diametrales diferencias que existen y seguirán existiendo, seguramente, durante muchísimos años.

A lo largo de 2015 el poder ejecutivo norteamericano ha ido adoptando algunas medidas, bastante tímidas y mayormente poco aplicables en la práctica, pero en la dirección correcta de relajar tensiones.

Entre otras, levantar ciertas restricciones puntuales para los viajes, las remesas y las telecomunicaciones; reanudar las conversaciones migratorias interrumpidas en la época de George W. Bush; reducir la agresividad de la retórica política y el accionar provocador de la Oficina de Intereses en La Habana, ahora ya embajada.

El gobierno de los Estados Unidos borró el nombre de Cuba de sus espurias y unilaterales listas de estados que, supuestamente, promueven el terrorismo y toleran el tráfico ilegal de personas.

Simultáneamente, han sido establecidos contactos sobre muchos y muy importantes temas, como la seguridad aérea, la emigración, la prevención y el enfrentamiento a desastres naturales o accidentes tecnológicos, la lucha contra el narcotráfico y el tráfico humano, e incluso, se comienza a discutir el espinoso asunto de las mutuas reclamaciones de compensación.

Pero estamos muy lejos aun de una normalización de las relaciones con los Estados Unidos.

De hecho, ningún país puede decir que mantiene relaciones completamente normales con la mayor potencia hegemónica del mundo, ni siquiera sus mejores aliados.

En nuestro caso, el propio presidente norteamericano, Barack Obama, ha reiterado que está promoviendo el cambio de política hacia Cuba porque la anterior no funcionó, pero los propósitos estratégicos siguen siendo los mismos: lo que se traduce en derrocar a las legítimas autoridades cubanas, detener la construcción socialista y restablecer el estatus neocolonial vigente antes del triunfo revolucionario.

Es evidente que, con tales fines, no podrá haber relaciones normales, como no podrán existir mientras persista el bloqueo, que es una medida de guerra; ni mientras los Estados Unidos usurpen un pedazo del territorio nacional cubano, en Guantánamo; ni mientras financien, instiguen y dirijan a una oposición mercenaria, y asignen millonarios fondos a una feroz campaña de mentiras y descrédito contra nuestras instituciones.

Sin embargo, el escenario que comenzó a gestarse el 17 de diciembre de 2014 y ha seguido configurándose, cautelosamente pero sin interrupción, a lo largo de todo este año, plantea muchas facetas positivas para ambos países, y en cierta forma, para la región y el mundo.

Por primera vez en 60 años, el gobierno de los Estados Unidos reconoce la legitimidad de las autoridades cubanas y las asume como un interlocutor válido para negociar, en pie de igualdad, las diferencias en cualquier materia.

Eso tiene una innegable repercusión internacional, pues Cuba, a pesar de su escaso tamaño en todos los aspectos materiales, es hoy uno de los muy poquísimos países que pueden discutir, de igual a igual y sin concesiones, con esa potencia que se considera dueña del mundo.

Es, ni más ni menos, una gran victoria de la resistencia del pueblo cubano y de la solidaridad internacional.

Como consecuencia, se abren oportunidades para la economía cubana, a partir de la creciente avidez por nuestro mercado, que no es grande, aunque sí muy interesante para las empresas norteamericanas y, por supuesto, y mucho más importante para empresarios del resto del mundo.

A estos últimos les está llegando un doble mensaje: primero, que ya negociar con Cuba está dejando de ser buscarse el odio de los Estados Unidos; segundo, que si no se apresuran, los norteamericanos podrían irrumpir aquí y adueñarse de todas las posibilidades.

Ambas cosas son muy relativas.

Mientras persista el bloqueo, las empresas norteamericanas no podrán comerciar ni invertir en Cuba, salvo las que reciban excepcionales licencias y aun estas, como las del resto del mundo, no podrán operar en dólares norteamericanos ni habrá muchos bancos dispuestos a trabajar con Cuba, por temor a las multas multimillonarias impuestas por tribunales de los Estados Unidos.

Obama ha dicho que desea eliminar el bloqueo, y parece ser una sincera aspiración, pero no puede hacerlo, ya que está codificado en leyes que solo puede derogar el Congreso, de mayoría republicana, empeñado en sabotear la gestión del presidente demócrata.

Sí podría, por decreto, detener la ejecución de la casi totalidad de los aspectos de esa criminal política, aunque no resulta sencillo.

Por ejemplo, si levanta en este momento la prohibición a Cuba de operar en dólares, algunas contadas empresas norteamericanas podrían beneficiarse, sin embargo eso favorecería mucho más a las entidades del resto del mundo, no sujetas al bloqueo, lo cual no le perdonarían al presidente los capitalistas de los Estados Unidos.

Además, Cuba no es una fruta silvestre madura, expuesta al apetito de los pájaros que lleguen primero: aquí hay leyes y políticas que permiten seleccionar a los socios más convenientes y, como se ha reiterado, mantener y ampliar la diversidad de mercados.

¿Qué va a pasar en 2016?

El ejecutivo norteamericano seguirá aplicando algunas medidas de beneficio mutuo para ambos países, siempre procurando que sean mucho más favorables para el sector económico no estatal cubano, lo cual limitará considerablemente su efectividad real, no obstante, le seguirá otorgando un amplio realce propagandístico.

Habrá una gradual disminución de las acciones subversivas más burdas y del apoyo a los grupitos contrarrevolucionarios más groseros y desacreditados, acompañadas de una intensificación de actividades más sutiles, dirigidas al sector económico no estatal y a la juventud, para intentar separarlos del proceso socialista.

Se continuará avanzando en muchos temas técnicos de interés común que ya son objeto de intercambio y se sumarán otros, aunque sin resultados espectaculares en asuntos claves, como las mutuas reclamaciones de resarcimiento, la retirada de la base naval en Guantánamo y la derogación de las leyes del bloqueo, entre otros.

Si el nuevo presidente norteamericano que surja de las elecciones de noviembre es un demócrata, esa seguirá siendo, muy probablemente, la pauta de las relaciones bilaterales para 2017 y en lo adelante.

Si fuera un republicano, dependerá de quién y se abrirá la disyuntiva de seguir el ritmo actual, intensificarlo o ralentizar el proceso de acercamiento, pero es muy improbable que un nuevo mandatario pueda revertir lo alcanzado, pues sería una estupidez mayúscula, dado el mayoritario consenso que disfruta en ese país el cambio de política hacia Cuba.

En cualquier escenario, nuestro país seguirá avanzando en la actualización del modelo económico y social, con el impulso y las correcciones que deriven del VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba, y mantendrá la disposición a discutir cualquier tema con espíritu constructivo, en igualdad de condiciones y sin concesión de principios.

La nueva táctica del gobierno de los Estados Unidos plantea importantes retos, como el de mantener y fortalecer la firmeza ideológica del pueblo, en un tiempo en que, por razones de naturaleza, la vanguardia histórica de la Revolución entrega el timón a otras generaciones que estarán bajo renovada y sutil influencia del entorno capitalista.

También la nueva etapa ofrece oportunidades de avanzar hacia el desarrollo y si todos somos capaces de aprovecharlas con dedicación, esfuerzo e inteligencia, nuestra sociedad brillará mucho más en las próximas décadas.

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