
Foto: Internet/Montaje: Radio COCO
En cuanto a políticos, siento más respeto por los halcones que por los buitres, esta última especie, la más abundante en el Congreso de los Estados Unidos (EE.UU.), cuya Cámara de Representantes acaba de dar un giro de 180 grados con respecto a Cuba, por motivos estrictamente carroñeros.
Me explico: califico de halcones a los congresistas que canalizan su odio visceral e ideológicamente motivado contra Cuba y lo que representa la Revolución Cubana por la senda de la llamada línea dura. Son los partidarios abiertos y sinceros de barrernos del mapa, por el grave delito de no pensar como ellos.
Me alegra mucho que no les favorezca el consenso, aunque respeto su sinceridad.
Pero los verdaderos halcones escasean en el cuerpo legislativo de EE.UU., y la mayoría allí son buitres, políticamente carroñeros, que inclinan sus banderas hacia el punto cardinal desde donde sople el viento del dinero y el poder.
Los incentivos pueden venir de intereses empresariales favorables al intercambio con Cuba, siempre que la oferta sea más jugosa que la procedente de quienes hacen fortuna con el bloqueo.
Muchas veces, el signo de sus votos lo determinan cabildeos políticos, en el sentido real de “política” en ese país, o sea, la puja por puestos bien remunerados y propiciadores de oportunidades para el enriquecimiento ilícito.
Los buitres más mezquinos se conforman con los sobornos personales del lobby anticubano, encabezado por los carroñeros mayores: Mario Díaz-Balart, Ileana Ros-Lehtinen y Carlos Curbelo.
Es notoria la minoría de aquellos a quienes, respetuosamente, califico de “palomas”, cuyas motivaciones responden al sentir mayoritario de su pueblo, a los intereses legítimos de empresarios que desean comerciar con Cuba y, en general, a la defensa de los derechos constitucionales de los ciudadanos norteamericanos, tales como el de viajar libremente a donde quieran pasar sus vacaciones.
Estoy dando por sentado que el lector conoce los hechos más recientes, es decir, la decisión incongruente, aunque nada sorprendente, de la Cámara de Representantes de EE.UU., que desestimó enmiendas en el proyecto de Ley del Presupuesto de Servicios Financieros que favorecían la eliminación de las restricciones a los intercambios económicos y sociales con Cuba, y por lo contrario, aprobó otras que pretenden recrudecer el bloqueo.
En resumen, la Cámara Baja propone reforzar las prohibiciones de viajar a Cuba y limitar mucho más los llamados intercambios “pueblo a pueblo”, prohibir la importación de bienes confiscados por el Gobierno cubano (de hecho, toda importación de bienes y servicios cubanos está ya prohibida por el bloqueo), e impedir que se ejecuten transacciones financieras que involucren a militares cubanos, a sabiendas de que en Cuba, además de los militares activos, la gran mayoría de la población masculina adulta, y buena parte de la femenina, es reservista.
Otra cláusula prohíbe que se empleen fondos para aprobar la concesión de licencias de marca, nombre comercial o denominación comercial que haya sido confiscada por el Gobierno cubano sin expreso consentimiento de Estados Unidos, en un intento por revertir la justa decisión de un tribunal norteamericano que, luego de una larga batalla legal, reconoció los derechos cubanos sobre la marca Havana Club.
Entretanto, Rick Crawford, republicano por Arkansas, retiró su iniciativa que en la práctica permitiría ofrecer créditos privados a las compañías cubanas para la compra de productos agrícolas estadounidenses, luego de que el lobby anticubano le prometiera ayudarle a buscar otros mercados para los agricultores de aquel Estado.
Y Mark Sanford, republicano por Carolina del Sur, igualmente retiró su proposición de eliminar las restricciones a los viajes de norteamericanos a Cuba.
De este modo, la Cámara ratifica su negativa a respaldar la política del presidente Barack Obama, con respecto a Cuba.
Y en general, las limitadísimas medidas de la Casa Blanca dirigidas a “aliviar” los efectos del bloqueo se le escapan como agua entre los dedos, frente a una maquinaria republicana empeñada en sabotear su mandato, por supuesto, con los mencionados fines mezquinos.
Todavía no se puede operar con las tarjetas de crédito Stonegate en Cuba, y en la práctica, no se ha podido hacer ninguna operación bancaria con el dólar estadounidense.
Tampoco se hará efectiva la aprobación a varias aerolíneas estadounidenses para cubrir rutas comerciales entre ciudades de EE.UU. y cubanas, por una decisión de la estadounidense Administración de Seguridad de Transporte (TSA), con el pérfido pretexto de que los aeropuertos cubanos no son tan seguros como los de cualquier otro país extranjero.
Por supuesto, la decisión tiene clara motivación política, pues la TSA sabe que los aeródromos cubanos están entre los más seguros del mundo, precisamente, porque este país ha tenido que protegerse del terrorismo promovido desde los EE.UU.
Muchos piensan que el levantamiento del bloqueo depende de los resultados de las próximas elecciones en los EE.UU., pero no es así: la eliminación de esa política genocida transita por un largo y tortuoso camino, de modo que es iluso pensar que un nuevo mandatario, especialmente ninguno de los que se perfilan como candidatos, quiera y pueda lograr un cambio radical en ese sentido.
Un nuevo Congreso, incluso si fuera de igual signo que el presidente, tampoco estaría dispuesto a barrer el bloqueo de un golpe, pues continuarían influyendo los intereses oportunistas de los buitres.
Solo la continuidad de la resistencia del pueblo cubano, su titánico esfuerzo por desarrollar la economía, a pesar de todo, junto con la solidaridad internacional y los intereses mayoritarios de los norteamericanos, permitirán ir arrancándole pedazos al bloqueo, hasta que muera de muerte natural.

