
Hernández, aprovechando la religiosidad de sus conciudadanos, se ¿“encomendó”? a Dios a través de su esposa, quien ponderó, sin remilgos, las cualidades ¿“cristianas”? de su cónyuge para desempeñarse como mandatario. (Foto: laprensa.hn)
Cuando a usted le endilgan la participación, directa o indirectamente en un circo -tratándose de un asunto, cuya seriedad se presupone-, debe sentirse ofendido y preocupado, si se considera una persona con un mínimo de pudor, honestidad y civismo.
Este domingo 24 de noviembre de 2013, durante las imágenes mostradas sobre las elecciones presidenciales en Honduras por la cadena televisiva Telesur, sentí que estaba ante un verdadero circo.
Así lo aprecié al observar un conductor de un canal televisivo de ese país centroamericano, tratando de manipular la información de un joven periodista, que ponía en evidencia y el dedo en la llaga acerca de las irregularidades en las mesas electorales en el proceso de votación, al entrevistar a funcionarias responsabilizadas con la transparencia de las elecciones y el escrutinio del sufragio.
En otro momento, Juan Orlando Hernández, candidato del Partido Nacional -gobernante- se proclama Presidente, ¿“al obtener”? el 34 por ciento de los votos. En esos instantes, éste dio muestra de un vedetismo político, demagogia y populismo, cualidades muy propias de una República bananera al estilo United Fruit Company. Hernández, aprovechando la religiosidad de sus conciudadanos, se ¿“encomendó”? a Dios a través de su esposa, quien ponderó, sin remilgos, las cualidades ¿“cristianas”? de su cónyuge para desempeñarse como mandatario.
Después vino lo mejor de la escena circense, cuando Juan Orlando Hernández habló de “eliminar” la pobreza en un país, donde apenas el 20 por ciento de la población -muchos de ellos miembros de las poderosas familias latifundistas- posee el 60 por ciento de las riquezas, en tanto alrededor del 70 por ciento de la ciudadanía clasifica dentro de la pobreza. Resultó ¿“tan sensible y convincente”? en sus “prometedoras palabras”, que una damita joven del séquito familiar y de los más allegados a Hernández, “deslizó” una “lágrima de emoción” -¿de cocodrilo?- ante lo que expresaba el pundonoroso político, supuestamente “convencido” de la necesidad y urgencia de eliminar las inequidades.
¿Olvidó Juan Orlando Hernández, cuando “prometió fomentar empleo”, que alrededor de 900 mil hondureños emigraron por razones económicas a Estados Unidos, de donde remesa a su país de origen unos tres mil millones de dólares anualmente, una buena parte de los ingresos de esa empobrecida nación?
Sin el más mínimo pudor y sonrojo, Juan Orlando Hernández, pletórico y eufórico de ¿“triunfo”?, habló de abrirse a lo rural, para que Honduras vuelva a hacer “el granero de Centroamérica”. En ese momento, le faltó por decir que 104 campesinos fueron asesinados desde 2009, por reclamar sus tierras, del mismo sector agrario que Hernández promete transformar.
Este futuro ¿“paladín de la paz”? en Honduras, tampoco se refirió a las 20 víctimas fatales por día, que se reportan en ese país a causa de la violencia.
En ese circo sin carpa, que es Honduras, cualquier cosa puede pasar. La voluntad popular, expresada mediante el voto en estas elecciones presidenciales, recibió otro golpe bajo, tan fuerte y avieso como aquel del 28 de junio de 2009, que depuso al entonces Presidente Manuel Zelaya, cuya esposa Xiomara Castro, candidata a los comicios de 2013 por el Partido Libertad y Refundación (Libre), sufre ahora, doblemente, los nocivos efectos de cuando la política se ejerce con máscaras y la mueven los más oscuros y mezquinos intereses.

