
Los seis los editoriales de The New York Times a favor de un cambio en la política del gobierno de los Estados Unidos contra Cuba. Foto: Radio COCO
Andrew Rosenthal, editor de las páginas editoriales del Times, le dijo a BBC Mundo que los mencionados artículos se corresponden con la postura histórica que ha tenido el diario sobre Cuba y el bloqueo, pero cabe preguntar: ¿cómo no nos habíamos percatado de esa actitud hasta hace un mes?
Los editoriales tienen muchos aspectos positivos, con los cuales concuerdo, aunque sin llamarme a engaño: primero, porque siempre introducen algunos elementos de la tradicional campaña de descrédito contra Cuba y, segundo, porque no ocultan que el propósito final de una nueva práctica en las relaciones con la Isla seguiría siendo desmontar el sistema económico-social socialista que nos hemos dado los cubanos.
Ambos aspectos son compatibles con la orientación política e ideológica de la gran prensa norteamericana y no podemos esperar que estén ausentes, lo cual no le quita ningún mérito a los mencionados editoriales ni a sus autores, pero llama a analizar, objetivamente, las razones por las cuales están siendo publicados, precisamente, ahora.
Las razones pueden ser muchas, y las principales, sin duda, hay que buscarlas en el pragmatismo norteamericano, en la absoluta prioridad que siempre han tenido allí las pugnas electorales y, por supuesto, la incesante búsqueda de dinero para las campañas.
Con esto estoy diciendo que no me creo la historia de que esos trabajos sean publicados sin el consentimiento —y probablemente el aliento—, del gobierno de los Estados Unidos.
¡Y eso es lo bueno! Significa que la Casa Blanca quizás ha captado el mensaje de que ha llegado el momento de cambiar su criminal política hacia Cuba, aunque no sea por razones altruistas, sino por cálculos de conveniencias económicas y políticas.
Un análisis somero de la situación indica que, previendo la inevitable derrota de los demócratas en las recientes elecciones de medio término, como sucedió en la práctica, los políticos identificados por ese signo quieran aumentar sus opciones, con vistas a las presidenciales de 2016, lo cual significa complacer más a los donantes de fondos.
Y muchos de esos aportadores de dinero son empresarios que ven cómo se les escapan entre los dedos muchas oportunidades de hacer negocios con Cuba, sobre todo, ahora que están los nuevos estímulos de la recién aprobada Ley de Inversión Extranjera y de la Zona Especial de Desarrollo de El Mariel, gracias a las fracasadas medidas anticubanas.
China y Rusia se abren paso, no solo aquí, sino en toda América Latina y El Caribe, y más allá, mientras a los norteamericanos se les van cerrando puertas, dado el rechazo global a la guerra económica contra Cuba.
Hasta la Unión Europea está clausurando un capítulo de hostilidad contra la mayor de Las Antillas, y no es por filantropía ni por una inesperada aceptación ideológica.
Por si fuera poco, el ya enorme prestigio de Cuba se ha visto reforzado a escala astronómica, con su generosa contribución a la lucha contra el ébola, y ello le ha dado mayor visibilidad que nunca, dentro y fuera de los Estados Unidos.
Sigo hablando de los empresarios, porque la opinión de los votantes “de a pie” siempre ha sido de poca importancia electoral para los políticos de los Estados Unidos, dado que los comicios allí están organizados para responder, casi exclusivamente, al dinero.
Sin embargo, otra cosa es el “legado” que se proponen dejar tras de sí los mandatarios salientes, y el de Obama, hasta ahora, es una historia anodina, en la cual, tanto la hostilidad republicana, como su propia falta de determinación, le han impedido dejar huellas palpables al interior del país, y sí un rastro de fracasos en política exterior.
La muestra más reciente y aguda de lo difícil que será para el mandatario esta recta final es la amenaza de destitución, mediante un juicio político, si se atreve a implementar, por decreto, parte de su proyecto de reforma migratoria.
Nada similar ocurre, hasta ahora, con respecto a mejorar las relaciones con Cuba, tema que no es partidista, en el cual hay defensores y detractores en ambos partidos y, por lo visto, los defensores van siendo bastante mayoría, no solo por razones económicas, sino también, en algunos casos, por convicciones éticas.
Además, el presidente Barack Obama probablemente asista a la Cumbre de las Américas, en abril, donde puede coincidir con el jefe de Estado cubano Raúl Castro, y no creo que llegue a Panamá con las manos vacías, mucho más, después de los cambios ocurridos en ese foro.
Antes, si los Estados Unidos no hubieran asistido a la reunión, o hubieran decidido enviar una representación “de segunda”, estoy bastante seguro de que no se hubiera dado la cumbre. Hoy, es posible que la mayoría abrumadora de los jefes de Estado latinoamericanos se encogieran de hombros y el encuentro habría sido exitoso, aun sin la presencia del prepotente vecino norteño.
No es que Cuba sea un tema prioritario para Norteamérica, comparado con el desempleo, los migrantes, la recesión y otros; pero parece ser una oportunidad bastante asequible para que Barack Obama marque una diferencia a favor de su imagen pública, nacional e internacional, y pueda dedicarse a escribir memorias y ofrecer conferencias cuando le llegue su “jubilación política”.
Lo cierto es que el presidente tiene suficientes prerrogativas para eliminar casi todas las medidas del bloqueo contra Cuba, sin contar con el Congreso.
No pienso que vaya a levantar todo el bloqueo, aunque pudiera. Sí espero que haga cambios significativos, pero fáciles de acometer y poco costosos, políticamente hablando.
También puede sacarse, bastante fácilmente, otra dolorosa espina: ningún presidente norteamericano quiere pasar a la historia dejando atrás un agente de su gobierno preso en el extranjero.
Sabe que aquí, en Cuba, no va a funcionar ninguna operación de rescate, de guión cinematográfico, y que la mejor oportunidad para lograr el regreso del agente encubierto Alan Gross es negociar la liberación de tres de los cinco patriotas cubanos que aun permanecen presos en los Estados Unidos.
Si no quiere acceder a un canje, por aquello de la prepotencia yanqui, tiene otras opciones más discretas.
Aquí están, a grandes rasgos, las razones que opino ha tenido el gobierno de los Estados Unidos para permitir (o quizás ordenar), la publicación de los famosos editoriales de The New York Times, como balón de ensayo para pulsar la reacción que pudieran producir algunas medidas de normalización de las relaciones con Cuba. Aunque, reitero, no le resto ningún mérito al periódico ni a los periodistas y directivos que participan en esta campaña, pues aprecio sinceridad en sus trabajos.
Y si estoy en lo cierto, no importa que la historia oficial norteamericana le otorgue a ese periódico el galardón de haber promovido mejores relaciones bilaterales.
Lo que vale es cualquier mejoría que repercuta en mayor bienestar para ambos pueblos, el cubano y el norteamericano, unidos por seculares vínculos de amistad, que no han podido ni podrán romper las políticas hostiles de la Casa Blanca.
