El Gobierno de los Estados Unidos de América, la derecha proyanqui en Latinoamérica y sus compinches fracasaron en su intento de sancionar a Venezuela, aplicando la Carta Democrática Interamericana (un instrumento creado originalmente para tratar de justificar las agresiones norteamericanas a Cuba).
Los hechos demuestran dos verdades irrefutables: que la Organización de Estados Americanos (Oea) sigue siendo el instrumento de elección del imperio para tratar de disfrazar de panamericanismo su intervencionismo en el continente, pero que nuestra América ha cambiado de forma definitiva y ya no es fácilmente manipulable, a pesar de que algunos gobiernos estén al servicio de Washington.
La cara de la derrota es hoy la de Luis Almagro, secretario general de la Oea, quien promovió la maniobra que se estrelló contra la nueva realidad de la región.
Ya lo había advertido incluso el canciller peruano, Ricardo Luna, el 15 de marzo: “Si uno saca los números, no hay mayoría y la votación es por consenso”.
Argumentaba que era una proposición “extrema” y no obtendría la mayoría de dos tercios necesaria para el consenso.
La realidad es que la mayor parte de los gobiernos del área no se plegaron a la campaña de chantaje y presión contra Venezuela que denunció Delcy Rodríguez, ministra venezolana para las Relaciones Exteriores:
“Sabemos el plan que se estaba tratando de imponer a través del chantaje, presiones, extorsiones. Vimos a dos congresistas de los Estados Unidos amenazar groseramente, bárbaramente, a países miembros de esta organización”, señaló, en rueda de prensa efectuada en Caracas.
De acuerdo con la Agencia Venezolana de Noticias (AVN), la canciller dijo que “la jornada marcó una victoria para la diplomacia bolivariana de paz. Dimos una batalla, defendimos la patria, defendimos la nación. Queremos agradecer a esos países que se mantuvieron de pie, que no se doblegaron ante las presiones y chantajes que desde Washington se imponían”.
Delcy Rodríguez precisó que Marco Rubio, senador de EE. UU. por el estado de La Florida, amenazó directamente a República Dominicana, El Salvador y Haití, para que se abstengan de votar a favor de Venezuela en la Oea.
Rubio, nacido en EE. UU., pero que se autodenomina “cubanoamericano”, es un furibundo enemigo de la Revolución Cubana, y también de la Revolución Bolivariana de Venezuela.
Dedica mucho dinero y esfuerzos a apoyar a cabecillas de la derecha venezolana, en sus intentos de frustrar la transformación revolucionaria de ese país, y en septiembre del 2016 exigió al entonces presidente norteamericano, Barack Obama, que aplicara sanciones contra la presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), Tibisay Lucena, y su vicepresidenta, Sandra Oblitas.
Respalda públicamente a caciques y voceros de la derecha golpista, como María Machado y Leopoldo López, a pesar de que este último es responsable de delitos vinculados con el plan golpista “La Salida”, causante de la muerte de 43 personas, más de 800 heridos y cuantiosos daños materiales en 2014. Rubio es uno de los principales financistas de esos hechos vandálicos.
Ambos, Almagro y Rubio, han quedado totalmente expuestos tras la reciente escaramuza en la Oea, como también el Gobierno de México, que se prestó para promover la acusación contra Caracas, y algunos personajillos que la apoyaron, abierta o solapadamente.
Almagro ha puesto una lápida sobre su historia política, y Mikel Moreno, presidente del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de Venezuela, solicitó el lunes a su Gobierno que emprenda acciones para removerlo del cargo de secretario general de la Oea, pues la intención de la solicitud de activación de la Carta Democrática es subjetiva y cargada de emocionalidad, impropias de un funcionario de ese rango.
Al propio tiempo, los ex presidentes José Luis Rodríguez Zapatero (España), Leonel Fernández (República Dominicana) y Martín Torrijos (Panamá), acompañantes de la mesa de diálogo en Venezuela, ratificaron este lunes su respaldo a ese proceso propuesto por el presidente Nicolás Maduro.
Rodríguez, Fernández y Torrijos también rechazaron los ataques promovidos por la oposición venezolana y por una minoría de países miembros de la Oea contra Venezuela.
El fracaso de la maniobra en esa organización no solo responde a la actitud solidaria de los gobiernos progresistas del continente, sino también a la cautela de otros, que prefirieron resistirse a las presiones de Washington, antes que enfrentar las reacciones internas y la crítica internacional que recibirían si secundaban a Almagro y compañía.
Es de imaginar que también algunos hayan sopesado el riesgo de sentar un precedente nefasto que pudiera volverse contra ellos mismos en determinada coyuntura.
Paralelamente, la oposición revanchista recibió otro duro golpe el miércoles, cuando el TSJ declaró en desacato a la Asamblea y decretó la nulidad de cualquier acción que esta adopte, hasta tanto el órgano legislativo retorne al acatamiento de la Constitución.
Esta victoria de la Revolución Bolivariana es también un triunfo para todas las fuerzas revolucionarias y progresistas del continente, pero constituye a la par un nuevo llamado a mantener la unidad y la solidaridad, por sobre diferencias coyunturales, pues cualquiera puede ser víctima de una confabulación como la derrotada esta semana y entonces necesitaría del apoyo de sus hermanos.
Eso es lo que ha marcado la diferencia, porque la Oea es la misma de siempre, la de 1962, cuando expulsó a Cuba, pero Latinoamérica ha cambiado mucho.

