
Cuando de política de cuadros se trata hay que garantizar la disposición como premisa indispensable. Nadie puede dirigir si no quiere. Pero hay que balancear el deseo de mandar con la idoneidad, la capacidad de trabajo y el nivel cultural. Foto: http://jovencuba.com
¿Política de cuadros? Yo no tengo nada que ver con eso. ¿Política?, ¡y de cuadros, menos! ¿Jefe yo?, ¡solabaya! ¡Pa´ allá, pa´ allá! Expresiones como estas se escuchan cuando se habla de sustituir a un directivo o sencillamente de poner en blanco y negro el nombre del sucesor.
Y es que la política de cuadros a la mayoría de las personas les suena ajena, lejana o improbable. Existe una tendencia generalizada a rechazar las jefaturas y a tomar a la ligera decisiones tan cruciales como determinar las reservas de cuadros.
Cuando a un trabajador le proponen alguna responsabilidad, generalmente llueven respuestas como: “en mí no piensen”, “yo para jefe no sirvo”, “el tiempo no me alcanza”, “tengo demasiados problemas en mi casa”.
Entre los compañeros también se comenta: “mientras no me toquen a mí, me da lo mismo”, por mí que pongan a cualquiera, total, con quien esté todo va a seguir igual”.
Son todas sentencias que denotan irresponsabilidad, poco sentido de pertenencia y apatía; cuando por su relevancia, la tan circunspecta y lejana política de cuadros debía interesarnos un poco más.
Detrás de estas negativas se encuentran razones como el salario, pues los directivos perciben sueldos tan deprimidos como los trabajadores en la mayoría de los sectores; pero sobre todo incide la cuota de sacrificio que implica asumir cargos en una situación de crisis económica, con presupuestos mínimos.
El Che, a quien elevamos como ejemplo cuando de jefes se trata dijo que el cuadro es la columna vertebral de la revolución, una frase que resume la responsabilidad que asume un dirigente ante el pueblo y el país.
¿Cómo a los trabajadores les va a dar lo mismo que dirija cualquiera? ¿Cómo no les va a interesar que quien les comande sea la persona más preparada, humanista y honesta?
A nadie le puede dar lo mismo la política de cuadros. Está demostrado que un por ciento significativo de las empresas y entidades que funcionan bien tienen a su mando a un dirigente profesional, capaz y conocedor de la rama que administra.
Esos buenos jefes que descuellan por sus resultados tienen características de líderes, y sus subordinados les siguen naturalmente; trabajan en equipo, consideran importante a cada trabajador y crean un ambiente favorable.
El jefe es importante a cualquier nivel, desde el de departamento o de brigada hasta el director, porque administran, mandan, guían, gestionan, disponen, deciden; porque tiene poder, y el poder no se le puede otorgar a cualquiera.
La política de cuadros nos debe interesar a todos, debemos participar en la toma de decisiones, proponer a los mejores y comprometerlos para que acepten.
Muchas veces, cuando traen a un director de afuera, los trabajadores se preguntan por qué, si hay tanta gente capaz en el propio centro.
Y casi siempre la respuesta reside en que los sustitutos que tenían en plantilla no eran los mejores, sino quienes dijeron que sí, o simplemente estaban en la cola de las reservas para rellenar los papeles del Jefe de Cuadros.
Cuando de política de cuadros se trata hay que garantizar la disposición como premisa indispensable. Nadie puede dirigir si no quiere. Pero hay que balancear el deseo de mandar con la idoneidad, la capacidad de trabajo y el nivel cultural.
La política de cuadros precisa de más seriedad, pues por su trascendencia pasa de ser una simple formalidad.
Un jefe determina demasiado en un centro de trabajo, en una industria, en un sector determinado, en un municipio, en una provincia o en el país.
