Los Cinco: ¿Dónde está el conocido pragmatismo norteamericano?

solidaridad internacional con los cinco heroes antiterriristas cubanos, imagen por gilberto gonzalez garciaLa prepotencia provoca ceguera política y es una de las causas principales del derrumbe de los imperios.

Si el gobierno de los Estados Unidos, enredado en un sinfín de complejos conflictos internacionales, abandonara su absurda terquedad y pusiera en práctica su proverbial pragmatismo en el caso de Los Cinco, se quitaría de encima una costosa e inútil carga en política internacional.

¿Para qué le sirve a la Casa Blanca mantener en prisión a tres cubanos? No para controlar el petróleo del Cercano Oriente; menos para cerrar el cerco político y militar a la Federación de Rusia; tampoco para frenar el crecimiento de la economía china; en ningún caso, contribuye a frenar el avance de la integración latinoamericana y caribeña.

El encarcelamiento de esos pacíficos luchadores contra el terrorismo solo añade un motivo más a la abultada lista de razones para constantes protestas populares frente a las embajadas norteamericanas en decenas de países. Únicamente le sirve a Barack Obama para recibir andanadas de reclamos de cientos de prestigiosas personalidades, declaraciones de parlamentos, de organizaciones internacionales y de miles —quizás millones— de personas de todo el mundo.

Dejando a un lado las evidentes injusticias y arbitrariedades cometidas por la jueza Johann Lenard, las probadas violaciones a la ley en que se enredó la fiscalía y otros motivos jurídicos; obviando, incluso, las abundantes razones humanitarias; solamente por puro y frío pragmatismo, el gobierno norteamericano debería quitarse de encima el sambenito de la campaña internacional por la libertad de Gerardo, Ramón y Tony.

Puede hacerlo muy fácilmente, sin mucho costo político, utilizando los mecanismos habituales y tan proclamados de anulación de los juicios por violaciones al debido proceso, como si se hubiera enterado ahora de que la fiscalía pagó a periodistas —y a usurpadores que se hicieron pasar como tales—, para orquestar una feroz campaña contra Los Cinco y para acosar al jurado.

Siempre habría que esperar una de las tantas pataletas de Ileana Ross, Marco Rubio y compañía, que no podrían pasar de ahí, y eso sería mucho más económico que lo que le cuesta a Washington —políticamente hablando—, por ejemplo, la actual jornada internacional por la libertad de Los Cinco.

Bastaría instruir a la jueza para que considere el recurso de habeas corpus que tiene en su escritorio, desde hace más de un año, y darle curso legal, de modo que la Casa Blanca no tendría que figurar para nada en el asunto, al menos, públicamente. Por supuesto, en ese caso, algún funcionario del gobierno debería advertir a sus terroristas de Miami de abstenerse de represalias contra Lenard.

Podría aprovechar las reiteradas ofertas de Cuba para negociar la libertad del agente norteamericano Alan Gross, condenado aquí a 15 años de prisión, por ser autor convicto y confeso de actividades subversivas. Sería un gesto bien recibido por la población de los Estados Unidos.

No necesitaría siquiera admitir que negocia un canje, pues bastaría poner en libertad a los cubanos discretamente, con alguna de las muchas reales justificaciones que tiene a su disposición, y recibir un gesto equivalente de Cuba, con el indulto a Gross.

Son sabidos los problemas que le causa al gobierno de la superpotencia tener a uno de sus agentes preso en otro país y no poder resolver el asunto con la clásica “operación de rescate”, que funciona de maravillas en las películas, podría funcionar en otros lugares, pero jamás en Cuba.

Por tanto, el “contratista” preso es tan molesto como un forúnculo en la axila del imperio, o en algún otro sitio de su anatomía. ¿Por qué soportarlo, teniendo a mano la cura?

Mientras, el respaldo mundial a la causa de Los Cinco sigue creciendo y con ella, se consolida la solidaridad con Cuba, en la misma medida en que se debilita, aun más, el ya muy maltrecho respeto de la humanidad a Washington.

¿Dónde queda, entonces, el proverbial pragmatismo norteamericano?

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