La gran prensa suele apostar a la corta memoria de los públicos, para presentar los hechos con el sesgo conveniente a los intereses de sus dueños, obviando el contexto y los antecedentes.
Una foto de un niño ahogado en una playa y el video de una periodista que abusa de unos refugiados estremecen a la opinión pública mundial, pero el enfoque que se da al problema es escandalosamente miope, y se reduce a reclamar que las personas que huyen del conflicto armado sean aceptadas, caritativamente, por los países de Europa.
Es la misma forma de caridad que practican los millonarios, cuando dan una limosna a un mendigo, mientras despiden de sus empresas a decenas de miles de trabajadores, convirtiéndolos, a ellos y a sus familias, en potenciales menesterosos.
Cierto que, en el momento actual y como está la situación, urge salvar a esas familias desplazadas, que han perdido todo: casa, trabajo, comunidad y patria.
Pero no basta. Es preciso ir a la raíz del problema, eliminar las causas y prevenir la continuidad y la repetición de los conflictos que originan el destierro de esas personas.
Se sabe que el origen de formaciones terroristas, como el llamado Estado Islámico, se remonta siglos atrás, cuando Europa esgrimió pretextos religiosos para invadir y colonizar al resto del mundo, en este caso, al Cercano Oriente.
Las guerras de rapiña y la explotación colonial son las causas fundamentales de que las más antiguas y ricas culturas del planeta hayan devenido países inestables, marginados y subdesarrollados, enfermos de pobreza y violencia. Esa situación no ha cambiado, aunque hayan variado las formas que utiliza Occidente para desangrar a esas naciones.
Los antecedentes directos del Estado Islámico son la criminal y desastrosa invasión efectuada por los Estados Unidos y sus cómplices contra Iraq, con el falaz pretexto del desarrollo de supuestas armas de exterminio en masa, mismas que sí tienen, en fabulosas cantidades, los propios invasores.
Todo quien tenga un poco de información sabe que los verdaderos fines de esa agresión fueron asegurar el control de las fuentes de hidrocarburos de la región y desestabilizarla, políticamente, para fomentar una amenaza contra la creciente influencia de Rusia y China.
El resultado fue la devastación del país, la exacerbación de los conflictos interétnicos e interreligiosos, y el fomento de grupos oportunistas, sedientos de poder económico y político, y capaces de todo, hasta de las peores atrocidades, para lograrlo.
Se sabe que el núcleo inicial del Estado Islámico surgió de las bandas terroristas creadas, entrenadas y abastecidas por las potencias occidentales, para usarlas como elementos de desestabilización para sus propios fines.
Ahora, los Estados Unidos y la OTAN simulan combatir a esa formación terrorista, cuando, realmente, la arrean como si fuera ganado, para dirigirla contra Siria, en primer lugar, y luego, a todas luces, contra Irán, como escalón intermedio hacia los objetivos principales: el sur de Rusia y de China.
Basta observar hacia dónde se dirigen las bombas de la OTAN, a quiénes emplea, entrena y abastece, como supuesta contrapartida al Estado Islámico, y cómo cambia la composición étnica y el origen nacional de los terroristas.
Los bombardeos procuran empujar las bases del Estado Islámico hacia el este y el sur, es decir, hacia Siria.
La OTAN, por medio de Turquía, entrena y arma a los enemigos del gobierno sirio —no menos terroristas—, como fuerza de tarea, supuestamente, contra el Estado Islámico.
Las tropas extremistas están formadas, cada vez por un mayor porcentaje de mercenarios procedentes de la franja asiática colindante con las fronteras de Rusia y China.
El costo de esa estrategia es la muerte, el terrible sufrimiento, la miseria y el desamparo de millones de inocentes, cuya única forma de sobrevivir es huir hacia Europa, en un éxodo desordenado y peligroso, para encontrar, al final, las puertas de occidente cerradas.
En esa desesperada estampida, no son uno ni dos, sino millones, los niños ahogados y los infelices sometidos a toda clase de abusos y vejámenes.
Sin embargo, mientras muchos países se niegan a recibirlos, otros hacen campaña publicitaria con la magra acogida que les dan, selectivamente, y algunos, como Alemania, se aprovechan de esa fuerza de trabajo, capaz de asumir labores rechazadas por la población local, y con salarios menores.
Como siempre, los ricos del mundo crean la miseria y se enriquecen a costa de los miserables, mientras presumen de benefactores de la humanidad, repartiendo migajas a algunas de sus propias víctimas.
Mientras, la foto de un niño ahogado en una playa y el video de una camarógrafa que abusa de los refugiados, conmueven al mundo, pero la gran prensa procura enfocarse en las consecuencias y ocultar las causas.

