Lo escuchamos por Radio Reloj “¡Última noticia, última noticia! El antiterrorista cubano Fernando González Llort acaba de llegar a la Patria”.
Tres personas de diferentes edades que estábamos juntas, saltamos, aplaudimos, nos abrazamos y lloramos de alegría, corrimos a telefonear a otros para comunicarles la información, le avisamos al vecino; alguien entrañable y esperado había llegado a casa, y la confirmación de lo que deseábamos oír, no le quitó relevancia al momento.
Pensamos enseguida en Magali Llort, su madre, y en Aurora, eterna novia; esos dos amores que tanto debieron aplazar en estos años, caricias y sueños.
Y recordé que este jueves alguien listo a participar en un acto dedicado a saludar a Fernando, al arribo del fin de su injusta condena, me mostró una carta que le dedicaría al héroe, donde hacía alusión a la etimología de su nombre, concluyendo que coincidía en buena parte, con el significado descrito, y las cualidades del antiterrorista.
Sin embargo, según el autor de la epístola, Fernando González Llort sobrepasa la estatura humana que describe su patronímico, al que le otorgan los dones de: moderador, amistoso, ser conciliatorio. Dueño de una inteligencia emocional que aplica con excelentes resultados. Sumamente reflexivo.
Se dice además etimológicamente que los Fernandos, aunque de apariencia tranquila, tienen una energía que los ayuda a hacer valer sus proyectos, y en el plano afectivo le caracterizan como hombre dulce, que trata a la mujer que está a su lado como una reina.
Al calor de la vuelta del héroe, y la retrospectiva de su encarcelamiento, estamos felices de saber a nuestro Fernando, parecido o no al origen hispano o germánico de su nombre, un ser maravilloso en toda la trascendencia y sublimidad de su sacrificio, gigante en su heroísmo, y solo deseamos verlo aquí, nuestro, real, como es: firme en su decisión de mejorar con lo consecuente de su actuar, su condición humana; bien cerca de su pueblo, paradigma en esa entrega inagotable de valores de quien se olvida de sí para darse por el bien de muchos, y seguir, sin reparar en la grandeza de su osadía, por el mismo rumbo de los suyos, de los fieles e iluminados, que nunca admitieron el yugo como destino, sino la estrella.

