Un día como hoy, 14 de agosto, pero de 1881, se anunció por primera vez al mundo en la Academia de Ciencias de La Habana, qué condiciones propiciaban la propagación de la fiebre amarilla.
Las tres condiciones mencionadas fueron: la existencia de un enfermo en cuyos capilares clavara el mosquito sus lancetas y las impregnara de partículas virulentas en el período adecuado de la enfermedad; la prolongación de la vida del mosquito entre la picada hecha al enfermo y la que deba producir la enfermedad, y la coincidencia de que sea algún sujeto apto para contraer la dolencia sea picado luego por el mismo insecto.
Estas revelaciones formaban parte de la teoría el médico e investigador cubano Carlos Juan Finlay, el primero en desentrañar el secreto y darlo a conocer, pero hay que apuntar que fueron más de 30 años de sacrificados estudios por parte del científico para encontrar, entre poco más de 700 variedades de mosquitos, al único infectante, el vector al que llamó Cúlex mosquito y que hoy conocemos como Aedes aegypti.
Más tarde el científico dedujo que era la hembra de esa variedad la que transmitía tal padecimiento del infectado al sano y por último descubrió que al provocar en una persona formas leves y benignas de fiebre amarilla, se podía hacerlo inmune a la enfermedad.
Las aplicaciones del descubrimiento de Finlay tuvieron pronto repercusión universal y con el paulatino paso de la historia y el desarrollo de la ciencia, se ha podido hacer justicia al sabio cubano, demostrando todas las veces necesarias, que fue él quien primero desentrañó las cualidades del mosquito Aedes aegypti como huésped intermediario propagador de la fiebre amarilla, e hizo evidente dos importantes eslabones en la lucha contra tal amenaza: la destrucción de los mosquitos y el aislamiento de los enfermos.
Así Finlay libró la primera batalla mundial contra el mosquito causante de la epidemia de fiebre amarilla y obtuvo también la primera victoria en el afán de liberar a la humanidad de esa plaga; pero debemos estar claros de que la batalla no ha terminado, en el mundo se sigue haciendo frente a las enfermedades transmitidas por los mosquitos del género Aedes, como el zika, el dengue, el chikungunya y la fiebre amarilla.
Ante los riesgos frente a esta última, una epidemia reemergente, los compatriotas del famoso científico cubano seguimos manteniendo la constante vigilancia y se hace en el país un sistemático llamado a la población para hacer más efectivas nuestras campañas anti-vectoriales; sobre todo cuando en días como los que ahora estamos viviendo, en medio de lluvias, luego del paso de huracán Irma y sus afectaciones, sumado a los efectos del cambio climático, se producen las condiciones ideales para la propagación del vector y se pone en juego, más que nunca, uno de los aspectos más sensibles de la vida del ser humano, la salud.
Es importante precaver y no soslayar esta amenaza, porque aunque Cuba, desde 1909, no presenta casos de fiebre amarilla, sí se ha incrementado el número de viajeros procedentes de todas partes del mundo, ya sea por turismo, por motivos de intercambios de colaboración y cooperación con otros países, en esferas como la economía, construcción, salud, educación y viajes por asuntos personales, entre otros, hace que se incremente el riesgo de introducción y trasmisión de la enfermedad, al existir aquí el mosquito transmisor.
Debemos conocer que a partir del 7 de febrero de 2017 se exige a todos los viajeros procedentes de áreas, zonas o países que reportan transmisión de fiebre amarilla, presentar el Certificado Internacional de Vacunación a su entrada a la Isla.


