Soy de las personas que aprecia mucho los valores de los jóvenes, aunque algunos se empeñen en calificarlos con frases peyorativas como aquellas de que “la juventud está echada a perder” o “los jóvenes de hoy no sirven”, entre otras falsas sentencias que hacen de una minoría la generalidad.
Por supuesto que esas personas no analizan que casi siempre los jóvenes marcaron los cambios, incluso algunos olvidaron que en esa edad ellos mismos cometieron errores, o revolucionaron esto o aquello; aun así continúo confiando en el resultado de una buena educación familiar y del ejemplo, cuando se forma a un niño o un adolescente si queremos que llegue a ser el joven valioso o adulto, buen ser humano, del futuro.
Hoy comprobé más que nunca que no estoy equivocada; resulta que por estos días, con la ausencia un tanto inusual de algunos medicamentos por tarjetón en las farmacias, mi diabetes se descompensa y presa del estrés quise indagar en un centro de almacenamiento y distribución la situación real del faltante de la Metformina; pido hablar con el comercial, luego con distribución, donde me aclararon muy amablemente que el centro con el que me había comunicado por error, a pesar de que produce fármacos, nada tiene que ver con mi medicina.
De todas formas del lado de allá de la línea me informan el número telefónico que necesito y doy las gracias, pero de manera inmediata aquella juvenil voz me dice: “Mire, mi mamá usaba esas pastillas que usted busca y ya le cambiaron el tratamiento, llame aquí mañana que si le quedan, son suyas”.
Sorprendida, pero alegre con el hallazgo, llamé a la muchacha al día siguiente y la respuesta fue positiva. Pasó el fin de semana en el que mi interlocutora viajaría a otra provincia, y el lunes me confirma: venga que sus pastillas están aquí.
Fue así como recibí el mencionado regalo de Shirai, que para mí, aunque importantes, no fueron en primer lugar mis pastillas, sino aquel gesto solidario, hermoso y a la vez desinteresado de la joven hacia alguien desconocido pero que sabía estaba necesitado de ayuda.
Después supe en el encuentro que se trataba de Shirai Ley Sainz, trabajadora del Centro de Investigación y Desarrollo de los Medicamentos (CIDEM), quien con una sonrisa y una invitación a sentarme, me hacía el más valioso regalo: ratificar mi seguridad y confianza en que existen en nuestro pueblo millones de jóvenes honestos, desinteresados y capaces de seguir construyendo esta humana sociedad por la que hemos apostado.
Jóvenes como Shirai están aquí escribiendo también un trozo de nuestra historia, porque han heredado los valores de generaciones anteriores de cubanos, de hombres y mujeres al estilo de José Martí, del Che o Fidel, y de incontables héroes de la proeza de todos los días, que hoy materializan la prédica martiana aquí o en cualquier lugar del orbe donde se les necesite, conscientes de que “el egoísmo es la mancha del mundo y el desinterés su sol”.


