Los tatuajes han acompañado al hombre durante miles de años. Se han utilizado a través de la historia con fines terapéuticos, como amuletos, castigo, para marcar a las personas según el grupo social, creencias religiosas o políticas.
Con el tiempo los tatuajes se fueron sofisticando. Sin embargo, en la actualidad muchas personas de cualquier clase social o edad se tatúan el cuerpo sin conocer los verdaderos orígenes de esta práctica, simplemente por moda, sin evaluar en muchos casos, los requerimientos de higiene que esto conlleva.
Dentro de las áreas del cuerpo que mayor popularidad está teniendo en los últimos tiempos sobresalen los ojos, para lo cual es necesaria la inyección de pigmento directamente en el globo ocular, de manera que éste quede bajo la conjuntiva, esa delgada membrana que cubre el ojo.
Muchos especialistas alertan sobre los daños que esta práctica puede ocasionar a la visión e incluso provocar la pérdida del ojo ya que se necesitan varias inyecciones para teñir por completo la esclerótica, la membrana blanca más gruesa, y para que el tatuaje sea permanente.
Hay que tener en cuenta que los tatuajes se quedarán por siempre, no son desechables, intentar borrarlos requiere de un tratamiento con rayos láser que puede ser muy doloroso, implica varias sesiones y al final, no existe garantía de que la piel se restaure a su condición original e incluso en algunos casos el área tratada puede quedar marcada por feas cicatrices.
Antes de tomar la decisión de sumarse a esa moda, forma de expresión, de unirse a un grupo, de ser aceptado, una manera de crear una identidad propia, de ser especial y distinguirse del resto, debe reflexionar y pensar que no siempre tendrá una piel tersa y joven, que algún día envejecerá y por ende lo que hoy es motivo de ostentación, mañana puede ser vergüenza y arrepentimiento, pero ya no habrá vuelta atrás.

