Desde El enfermo imaginario de Molière hasta el protagonista de La caída de la casa Usher, de Edgar Allan Poe y varias películas de Woody Allen, la hipocondría ha sido un recurso recurrente dentro la literatura y el cine, generalmente a manera de charlatanería médica o de nerviosa somatización existencial.
Pero lejos de algo risible y gracioso como muchas veces se ha presentado en las creaciones de varios autores, la hipocondría o enfermedad imaginaria puede convertirse en un problema de salud muy serio.
En este sentido, la literatura médica la describe como una preocupación excesiva por el propio cuerpo, caracterizada por la búsqueda continua de cualquier señal que denuncie la presencia de una enfermedad. No es catalogada como una patología en sí, sino como un síntoma vinculado a la neurosis obsesiva o psicosis.
Los hipocondríacos tienden a hablar constantemente de su mal, aunque los médicos les aseguren que no tienen nada. Y es que, justamente el padecimiento no se encuentra en ninguna parte del cuerpo, solo en la imaginación.
Esta idea fija se convierte en el centro de sus vidas. Pueden pasar horas estudiando las diversas partes de su organismo, funciones fisiológicas o de un órgano en especial al que palpan constantemente tratando de encontrar un abultamiento o cualquier otro signo.
Según Carlos Acosta, especialista en Neurología y Psiquiatría del Instituto Nacional de Neurología, estos pacientes suelen tomarse el pulso, la temperatura, las inspiraciones y expiraciones por minuto y la tensión arterial varias veces al día. Buscan información sobre el supuesto padecimiento, ya sea en libros, en la prensa escrita o en Internet.
Además, con mucha frecuencia inician un permanente peregrinaje por consultorios en su “búsqueda de la verdad”, pues no suelen creer en resultados de análisis ni diagnósticos. Nadie puede llamarlos a la razón ni hacerles tomar conciencia de sus psicosis, pues lo único que logran es predisponerle contra quienes duden de sus malestares.
Sobre las posibles causas de la patología los padres de la psiquiatría la asocian a la inseguridad latente como factor desencadenante por excelencia; casi siempre vinculado a los primeros estadios evolutivos de la infancia.
Desde sus puntos de vista, tanto la sobreprotección como la falta de afecto en esa importante etapa de la vida pudieran generar la excesiva preocupación por la salud, en un intento por compensar las carencias afectivas. Sin embargo, no descarta la posibilidad de que padres neuróticos puedan trasmitir el cuadro clínico a su descendencia.
Es difícil tratar a un hipocondríaco, asevera el doctor Acosta, pues éste no acepta su realidad y niega cualquier posibilidad de que sus males sean infundados. No obstante, la cura es posible y el tiempo que ésta tarda depende de muchos factores, entre ellos, del tiempo que la persona tenga con la hipocondría, de la edad y, sobre todo, de las ganas que posea de librarse de sus síntomas, agregó.
Aún así la tarea curativa es complicada, pues el hipocondríaco, generalmente imbuido en su mundo no se da cuenta de su mal; por lo tanto, es muy raro que acuda al psiquiatra por voluntad propia, de ahí la importancia del papel de la familia en estos casos.
La hipocondría implica muchas consecuencias, y entre los principales afectados se encuentran los familiares, quienes se desesperan por la situación anormal en la que viven todos los días, se generan conflictos, discrepancias, entre otras secuelas. Por eso la necesidad de llevar cuanto antes al paciente ante un especialista en salud mental, para así comenzar el tratamiento que también deberá involucrar ineludiblemente a la familia.

