Lactar no es tan sencillo como lo pintan

Los niños que crecen con la leche materna se enferman menos o no se enferman, aumentan con más rapidez y crean un vínculo especial con la madre. Foto: Cubahora

Los niños que crecen con la leche materna se enferman menos o no se enferman, aumentan con más rapidez y crean un vínculo especial con la madre. Foto: Cubahora

La televisión incita a la lactancia materna a través de mensajes que muestran imágenes de madres felices con pechos exuberantes que dan de lactar a sus hijos hermosos y redonditos.

Pero vista solo así y expuestas las ventajas de la lactancia materna, que son muchas y verdaderas, parecería que dar el pecho es una tarea sencilla y siempre gratificante.

Sin embargo la lactancia materna tiene otra cara más fea, que solo descubren quienes la practican por unos meses o se extienden por más de un año.

La lactancia materna exclusiva es un trabajo duro y lleno de riesgos que se extiende las 24 horas del día. A una mujer que lacta, al menos en los primeros meses, se le dificultan todas las tareas vitales: dormir, comer e ir al baño a hacer las necesidades o ducharse. Son cosas que una mujer que lacta debe hacer corriendo o con el niño cargado.

Existe el consenso de que un niño debe lactar cada tres horas, pero algunos lo hacen cada dos y otros se pasan casi todo el día y la noche pegados a la “teta”.

Por cierto, lactar es una palabra hermosa, pero en Cuba le llamamos, en el mejor de los casos “dar el pecho” y casi siempre “dar la teta”.

Lo peor de lactar es que los niños no vienen con un manual debajo del brazo que le indique a la mamá cómo debe hacerlo. Los médicos pueden indicar, aconsejar, pero solo una madre cuando está a solas con su bebé sabe lo que es lactar.

El niño nace y sin dar un chance para que la madre supere el dolor o el cansancio del parto, se pega a la teta y comienza a chupar. Al principio parece extraño, pero si se produce el milagro, si el niño se alimenta, entonces la madre sabrá que para lactar no hay que ir a una escuela y que sencillamente debe seguir su instinto.

No todas lo logran. Hay madres que sufren porque sus pezones no se forman o sencillamente tienen que tomar medicamentos que acaban con la leche en esos primeros días. Otras, pobres ellas, se niegan a hacerlo por miedo a perder la figura.

Pero aquellas que siguen adelante y deciden que sus hijos estarán mejor solo con la leche materna descubren las dos caras de la lactancia.

Aprenden que lactar produce unos dolores en la espalda, en los brazos y las manos horribles, por la posición que deben adoptar para que sus bebés estén cómodos.

Aprenden que cuando una mujer está lactando los senos no les pertenecen; dejan de ser un objeto de erotismo en la relación con su pareja, para convertirse en una fuente de alimento.

Los senos crecen y hay que buscar nuevos ajustadores. Muchas féminas optan por andar sin ellos para estar siempre listas; es una época de usar siempre batas con botones o blusas cómodas, que faciliten la lactancia.

Cuando el niño se demora en lactar, a veces la leche se derrama y chorrea por el cuerpo manchando la ropa, no importa si la madre está en la calle, en el trabajo o en una parada.

En ocasiones los pechos se ponen excesivamente duros y si la madre se descuida puede incluso sufrir de fiebre por la acumulación de leche. Algunas han terminado en cirugía porque uno de los senos se ha endurecido demasiado y se ha creado un quiste. Esto sucede sobre todo cuando el pequeño (casi todos lo hacen) prefiere más un pecho que el otro.

Eso sin contar que cuando al niño le salen los primeros dientecitos puede dañar sin querer los pezones de mamá con mordidas desesperadas por el hambre.

Aunque parezca lo más natural del mundo, a ninguna mujer le resulta agradable andar con los senos al aire en cualquier sitio; es sencillamente el imperativo ante el cual las coloca la naturaleza y darle el alimento a la cría le gana a la vergüenza aprendida de la desnudez pública.

Eso sin contar que los niños que se alimentan solo de la leche materna los primeros cuatro o seis meses pasan más trabajo para aprender a tomar o comer otros alimentos; y eso supone un dolor de cabeza para cualquier mamá.

Y cuando la lactancia se extiende mucho, la madre no sabe luego cómo ponerle fin. Sabe que la leche materna no aporta nada al niño que tiene más de un año y medio, que no la deja por vicio, pero “está aun chiquitico”, “pobrecito”, “me da lástima”.

Conozco historias de madres que comienzan a trabajar y deben salir corriendo un momentico al mediodía para “darle la teta” al niño, porque sino no se duerme.

En Cuba hay mil remedios para “quitar la teta”. Echarse ajo o cualquier otro alimento de mal sabor en los senos para que el bebé la rechace es uno de los más populares.

Hay historias de madres que se han untado rojo aseptil o mercuro cromo, para que los niños crean que es sangre; de otras que se han puesto yesos en esa zona y algunas que se han echado (no exagero) hasta excremento de aves.

Pero por experiencia propia, el único remedio válido para retirar la lactancia cuando se extiende más de la cuenta es la voluntad de la madre; decidir un día que no se le va a dar más aunque llore y patalee.

Esa es la otra cara de la lactancia, una cara fea que se olvida cuando pasa, cuando ya no entorpece las tareas diarias, cuando acaban los dolores en la columna y los senos vuelven a tomar su forma.

Entonces las madres olvidamos y la lactancia se convierte en algo entrañable, como esas imágenes bellas que nos presenta la televisión y que tienen su verdad, porque la lactancia es más hermosa que fea.

Quienes somos madres y hemos “dado la teta” a nuestros hijos sabemos que en una balanza pesan más los valores; pesa el hecho de que es el mejor alimento, que lo llevamos en nuestro cuerpo y no hay que pagar por él, ni embasarlo o ponerlo en el refrigerador para que no se eche a perder.

Además los niños que crecen con la leche materna se enferman menos o no se enferman, aumentan con más rapidez y crean un vínculo especial con la madre.

Es verdad que lactar no es tan sencillo como lo pintan, pero aún así es lo mejor que puede hacer una madre por su hijo, al menos en esos primeros meses de vida. Lactar es el mandato de la naturaleza.

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