El joven José Luis Sánchez Pérez es uno de los salubristas habaneros que enfrentó la epidemia de ébola en Sierra Leona, donde al decir del propio colaborador, se cumplió una importante pero atípica misión, en la que había que salvar muchas vidas, con infinito amor al prójimo, pero sin besos y abrazos.
Jose, como le dicen en la casa y el barrio al máster en enfermería, vive y trabaja en Guanabacoa, y el primer homenaje a su gregreso de aquel país se lo hizo la capital en el museo Fragua Martiana este domingo, el segundo fue en su Comité de Defensa de la Revolución (CDR), el número uno de la Zona 96 en el Reparto D’Beche, donde por doquier se leían carteles de bienvenida, con estas y otras elogiosas frases : “Cumpliste Jose Felicidades”, ”Te saludamos con orgullo”, ”Bienvenido José Luis” y otro y otro cartel, y el más grande: “José Luis, cumpliste con la Revolución”
Ya en su casa, rodeado de la feliz familia, logramos un aparte para el diálogo, donde pasábamos de una emoción a otra y donde los silencios de José Luis Sánchez Perez, héroe cubano de la batalla contra el ébola, eran para aguantar las lágrimas. Nos contó de su decisión sin dudas cuando lo llamaron a la misión, el impacto de lo que encontró en Sierra Leona que superaba toda teoría o información obtenida, el miedo cada vez que cruzaba la raya roja dentro del centro médico en zona de máxima precaución y de las horas intensas de trabajo, con la responsabilidad de atender a pacientes pediatricos.
Muchas fueron las vivencias, tantas como para un libro, con páginas dedicadas ternura, la profesionalidad, la nostalgia por la familia, las pruebas de hermandad entre compañeros; la mayoría impactantes, vividas en la cotidianidad de los seis meses que estuvo en Africa nuestro protagonista, en batalla contra la letal enfermedad.
Hubo satisfacciones pero también dolor, entre las historias, las más triste: la imposibilidad de salvar a una bebé de cuatro meses que murió ante sus ojos –dice José que a esa hora se acordó tanto de sus dos bellas niñas Yadira y Yakira y de lo mucho que se protege a los niños en Cuba– pero narró que lo más alegre fue ver sobrevir a Enmanuel, un niño de nueve años que él cuidaba en el departamento de “sospechosos” y que le cogió un especial cariño. Después de haberle visto al infante la muerte reflejada en la cara y creerlo muerto, el alegrón de encontrarlo sorpresivamente, rebasada la enfermedad y escuchar que el pequeño lo llamaba: “¡potooó!” (nombre que le dan allí a los extranjeros), pero sumando otra frase que recogía todo su agradecimiento: “potó, good friend”.


