
Diseño: Gilberto González García
El 27 de febrero de 1874 moría Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, en la finca San Lorenzo del lomerío santiaguero, tenía apenas 54 años de edad.
Céspedes se encontraba refugiado allí, esperando la autorización de la Asamblea que lo había destituido de su cargo como primer Presidente de la República en Armas, para que saliera de Cuba, una errada decisión a la que honorablemente se sometió por disciplina, pues esta asamblea había olvidado el juramento del héroe al tomar posesión del cargo, en Guáimaro:
“Cubanos: con vuestro heroísmo cuento para consumar la independencia. Con vuestra virtud para consolidar la República. Contad vosotros con mi abnegación”.
Y en San Lorenzo, mientras esperaba por el salvoconducto para salir de la mayor de las Antillas, se dedicaba a mostrarles a los niños de la zona la más hermosa manera de ser libres, les enseñaba a leer y escribir.
Aquel día, Céspedes había ido a casa de un campesino y mientras compartía con él y su familia un café les avisaron que una columna española, al mando del prefecto Lacret Morlot, se encontraba cercana al lugar.
Una niña que era su alumna trató de ayudarlo a esconderse, pero fue sorprendido, y en desventaja total se enfrentó solo con su revólver a siete soldados españoles jóvenes y armados, quienes lo hirieron mortalmente y cayó por un barranco.
Los colonialistas sabían que solo matándolo podían intentar silenciarlo, detenerlo en su empuje por ver a Cuba libre e independiente, porque tal como lo definiera José Martí, era como un volcán “que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra”, era todo dignidad y entereza.
No era un cubano más, era el hombre que el 10 de octubre de 1868 dio la libertad a sus esclavos en su ingenio La Demajagua y llamándolos hermanos los convidó a luchar junto a él para alcanzar la libertad de la Isla.
Era también el padre que tras recibir de parte de los colonialistas la propuesta de perdonarle la vida a su hijo Oscar, prisionero del enemigo, a cambio que renunciara a sus ideales de independencia, enérgicamente les respondió: “Oscar no es mi único hijo, soy el padre de todos los cubanos que luchan por la Revolución”.
Carlos Manuel de Céspedes, como bien lo definiera Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana, es piedra angular de nuestra historia, pero fue además un hombre de la cultura. Era poeta, disfrutaba del teatro, así como fue coautor, junto a José Fornaris y Pedro Figueredo, de La bayamesa, considerada como la primera canción cubana.
En Bayamo, su ciudad natal, fue director de la Sociedad Filarmónica y de su Sección de Declamación, y en Manzanillo, la urbe donde se radicó con su familia a partir de 1856, resultó elegido, junto a Juan Butter y Joaquín Muñoz, para conformar una comisión encargada de modificar el Reglamento de la Sociedad Filarmónica.
Como periodista, publicaba de forma frecuente sus artículos en La Prensa (La Habana), El Redactor (Santiago de Cuba) y La Antorcha (Manzanillo), ocupando en este último el cargo de redactor.
En la ciudad del Golfo de Guacanayabo, donde vivió 16 años muy intensos de su vida, existía un periódico llamado Ecos de Manzanillo que salía dos veces por semana, y en él tenían un espacio fijo para publicar poemas.
Hoy quiero de manera especial recordarlo, compartiendo con ustedes algunos de aquellos poemas que publicara en ese periódico manzanillero.
Desencanto
Hijo del amor, del goce y la sonrisa,
nace el hombre a la fe y a la esperanza, y
por el mundo férvido se lanza,
y cree que alfombra de claveles pisa.
A sus pies los abismos no divisa,
ni la tormenta oculta en la bonanza:
solo siente placer y bienandanza,
respira solo amor, juegos y risa.
Mas, ¡ay! que pasan los fugaces años,
y huyen los sueños de zafir y rosa:
hieren su corazón los desengaños,
ve la verdad desnuda y horrorosa,
y es dichoso, si al fin de su existencia,
le acompaña al sepulcro una creencia.
En el río
Ancha faja de planta luciente
que se ciñe risueño el Bayamo,
río amado, en tus aguas derramo
grato llanto de puro placer.
¡Ay! yo vuelvo a jugar con tus olas
o contemplo tus playas amenas
y tus ovas, tus juncos y arenas
voy con mano gozosa a coger.
Ven, levanta tu algosa cabeza
de tu lecho azulado me mira
que yo haré de esta concha una lira
e inspirado en tu honor cantaré.
Pero ¡ay! triste! ya el llanto me ahoga
es forzoso que deje tus linfas
y tus aves, tus flores, tus ninfas,
a ver nunca tal vez volveré.
