
Foto: TeleSur
Se está terminando el mes de agosto y en esta parte del mundo se nos viene encima la temporada ciclónica, que hace a nuestra computadora cerebral hurgar en viejos archivos y aflorar recuerdos y otros pensamientos; algunos trágicos, otros cómicos y otros asombrosos.
Las cosas van cambiando con el tiempo y el desarrollo humano. Por ejemplo, hace medio siglo atrás a la mayoría de las personas no les importaba mucho si lo que se acercaba era un huracán categoría uno o categoría cinco. Lo importante era que les venía para arriba un vendaval con fuertes lluvias y vientos que, por lo general, causaba enormes destrozos y numerosas víctimas.
Pero no para todas las personas el ciclón era una tragedia. Para los ricos, que vivían en sólidas casas y tenían dinero para aprovisionarse bien, la llegada de un organismo meteorológico de ese tipo era casi una diversión. Solía incrementarse el inventario de golosinas en la alacena y las personas se pasaban las horas que demorara en pasar el huracán tomando chocolate caliente y jugando a las cartas.
Para los pobres las cosas eran bien diferentes. Sobre todo en el campo, donde las viviendas eran vulnerables ante los vientos y los caminos se tornaban intransitables cuando llovía mucho.
Antes las cosas se hacían de manera muy diferente, cuando se incrementaba el peligro de ciclón había que prepararse. Hacer provisión de carbón o queroseno para cocinar, velas para alumbrarse, comprar alimentos de fácil preparación y que no se descompusieran rápido, recoger agua potable y asegurar las ventanas y las puertas.
Muchas de aquellas costumbres debían, por prudencia, seguir llevándose a la práctica. Hoy, a pesar de que en mi casa se cocina con gas y tenemos también hornillas eléctricas, en un rincón del cuarto de los trastos hay un depósito con carbón vegetal y un brasero, por si acaso.
El archipiélago cubano está justamente alineado en la ruta de los ciclones tropicales del Caribe. De eso puede percatarse cualquiera que vea un mapa de las trayectorias que esos fenómenos climáticos siguen.
Al principio de la temporada suelen desviarse hacia el norte antes de llagar a Cuba o afectar solo la parte más oriental, pero después suelen seguir rumbos casi paralelos a la geografía cubana o atravesar este largo caimán por cualquier sitio.
Entre los más dañinos hasta ahora, según los datos recogidos en archivos confiables, creo que cabe poner en lo más alto del podio al huracán que afectó el poblado de Santa Cruz del Sur (Camagüey) en noviembre de 1932. Provocó una marejada de más de tres metros de altura que arrasó totalmente con el lugar y se llevó al más allá a unas tres mil 500 almas.
La medalla de plata se la lleva el Flora, que ocasionó la pérdida de unas dos mil vidas. Afectó a la región oriental de Cuba en octubre de 1963. Se le ocurrió meterse entre los macizos montañosos y empezó a rebotar como si se tratara de un juego de pinball.
El tercer lugar le pertenece al huracán San Marcos* de octubre de 1870 que afectó la provincia de Matanzas y dejó tras de sí más de 800 víctimas fatales y el cuarto al huracán de octubre de 1926 que pasó por la Isla de Pinos (hoy Isla de la Juventud) y La Habana dejando un saldo de más de 600 muertos.
Esto es solo teniendo en cuenta las personas que mueren, cifras que en Cuba se han reducido al mínimo gracias al desarrollo de las comunicaciones, al excelente trabajo de los servicios meteorológicos y en especial a la bien organizada labor del Sistema de la Defensa Civil.
Además los terribles remolinos de agua y viento causan destrozos incomparables por donde pasan. Solo recordemos a Sandy, que azotó las provincias de Santiago de Cuba, Guantánamo, Granma y Holguín el 25 de octubre de 2012, dejando tras de sí un panorama que más bien parecía un campo de batalla.
Lo cierto es que los huracanes son monstruos para respetar y ahora, con el problema del calentamiento global pueden volverse más frecuentes y poderosos. Por ello hay que estar prevenidos para que causen la menor cantidad posible de daños y evitar que arrebaten vidas humanas.
Este humilde gacetillero guarda recuerdos impresionantes de algunos de los ciclones presenciados, aunque por suerte, ninguno derribó mi morada ni se llevó a algún ser querido, pero al igual que una canción popularizada por el trío Matamoros: “Cada vez que me acuerdo del ciclón, se me enferma el corazón”.
*Al principio se le daba a los ciclones el nombre que les tocara en el santoral, según el día en que eran detectados. (N.A.)
Una historia de huracanes. Por Ciro Bianchi
Ciclones tropicales en Cuba



Me parece una excelente historia, bien contada, sobre estos fenómenos naturales muy peligrosos para las personas y la economía del país. En Cuba las cosas son diferentes, pues se adoptan todas las medidas necesarias para que los daños sean mínimos, y hasta ahora eso se cumple…