Crónica de lunes: Fidel, el inmortal

Momentos del encuentro del Presidente de Portugal con Fidel Castro. Fotos: Estudios Revolución

Momentos del encuentro del Presidente de Portugal con Fidel Castro. Fotos: Estudios Revolución

Sabíamos que la posibilidad era cierta y natural, que ninguna persona vive para siempre, al igual que los árboles algún día tienen que secarse. Pero hay árboles que viven siglos, incluso milenios. Entonces, en lo profundo de nuestros corazones, siempre albergamos la secreta y utópica esperanza de que Fidel Castro viviera por siempre, o al menos por mucho tiempo, como esos árboles.

Nos preocupábamos cuando pasaban unos días sin saber de él ¿Habrá empeorado su estado de salud? Enseguida que dejaba de verse circulaban en Internet las noticias de su presunta muerte y hasta fotografías manipuladas con Photo Shop.

Luego aparecían las informaciones en el diario Granma o el noticiero de la televisión cubana: “Se entrevistó Fidel con tal o más cual personalidad” y lo veíamos en las fotografías, sonriente o con gesto de estar vivamente interesado en la conversación. Entonces nos volvía el alma al cuerpo: “Ahí está Fidel, se le ve muy bien, fuerte como el caguairán y siempre muy lúcido”.

Fueron tantos los planes fallidos de acabar con su vida que llegamos a pensar que era invulnerable, como un personaje de ciencia ficción, rodeado con un campo de fuerza; o un caballero, de punta en blanco con una armadura de titanio.

Cuando fallaba algún atentado, sus enemigos se consolaban: “Fue pura suerte, en la próxima lo matamos”.

Por su parte, los religiosos solían decir que estaba protegido por espíritus luminosos, por los orichas, los santos, Cristo y hasta el mismo Dios.

Sin descartar completamente la ayuda divina, ni la personalidad magnética e impresionante de Fidel, sabemos que los fracasos sufridos por los magnicidas se debieron al minucioso trabajo de muchos héroes anónimos pertenecientes a los órganos de la Seguridad del Estado.

Pero, fuera una u otra la razón, los que formamos parte del gran pueblo lo veíamos como un titán eterno e indestructible.

Por eso nos tomó tan de sorpresa la noticia de que nuestro líder había dejado atrás su cuerpo mortal para ir a encontrarse con su maestro fundamental, José Martí; con su incansable colaboradora Celia Sánchez; con su fiel compañero Juan Almeida, con su hermano, Camilo Cienfuegos, con su mejor guerrillero el Che, con Carlos Manuel de Céspedes iniciador de las luchas armadas por la independencia, y con Máximo Gómez, el gran estratega que blandió por primera vez el machete por la libertad de Cuba.

Pero lo esperan también, su querido hermano negro, Nelson Mandela; su hijo adoptivo, Hugo Chávez; Augusto Cesar Sandino, Benito Juárez y Simón Bolívar, quien ya descendió de su cabalgadura hace más de un siglo para tender su mano amistosa a Martí y que ahora, al saludar a Fidel, le susurrará al oído: “Gracias por no dejar morir mi obra”.

Por eso sabemos que Fidel Castro –nuestro y del mundo–, aunque haya abandonado su cuerpo, no ha muerto. Está sembrado para siempre en la historia universal como un baobab, como una secuoya, como un olivo, como un caguairán de profundas raíces.

Su rostro, amable y severo a la vez, se vislumbra por doquier; en la cultura, la ciencia, la educación, la salud, el deporte, el internacionalismo y en cada obra humanista emprendida por la revolución mundial.

Sabemos que está vivo, como el olmo del poema de Antonio Machado, al que con las lluvias de abril y el sol de mayo le han crecido hojas verdes y nosotros, los que quedamos, somos ese retoño.

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