
La batalla diplomática en torno a la Crisis de Octubre. Foto: Cubahora
Por estos relatos, soy periodista. Sí, porque como dirigente de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) fui enviado a realizar una labor política en los batallones que se crearon durante la Crisis de Octubre.
Tomé nota y escribí después de aquel combate. Y, meses más tarde, miembro yo entonces de la comisión de relaciones exteriores de la UJC, mi amigo Guillermo Cabrera, dio con mis líneas en el buró de Esther Ayala, jefa de redacción del semanario Mella.
Le vieron algo a mis escritos. Me pidieron para trabajar en la publicación, y fui cedido. Por mi físico me convirtieron en cuanto llegué en ¡jefe de las páginas deportivas! Maravilla necesaria del momento.
Así comencé la batalla por cantar a las lides del músculo de las que, en alguna medida, era actor también. Ya voy por 53 años en eso. Y ya no es únicamente el canto cotidiano a la cultura física: ningún andar humano está separado de mi alma.
En 1986 volví a estos recuerdos que no puedo abandonar: los rehice, lo envié al concurso 13 de Marzo de la Universidad de La Habana y conquisté el premio en el género de testimonio. Retorné a ellos, le agregué una crónica para enlazarla aún más a la etapa actual.
Ahora, algunos de estos escritos verán la luz en esta página Web, 54 años después de mi participación en la Crisis de Octubre como un soldado del pueblo.
El desertor
– ¡Caballeros, están juzgando a un desertor por allá por la cocina!
Los hombres saltan de las hamacas, corren, llegan. Junto al desertor, Carlos, el comisario de la unidad -se le debe decir instructor político, pero encuentro más hermoso el otro título- e Igor, uno de los responsables del trabajo de la Unión de Jóvenes Comunistas en la división.
– Es tremendo tipo. Alepo ha llorado y todo. Los dos son de Güines y que deserte una persona del pueblo de uno es muy pesado, comenta un mulato alto.
Fijo la vista en Alepo. El negro está serio, con los ojos llenos de huellas, muy lejos de ser la alegría del campamento por sus chistes oportunos, por sus manos de oro que convierten muros, cajones y jarros en bongó.
La mano derecha de Carlos, armada con un cuchillo, corta las charreteras de la camisa miliciana del desertor. Luego, le toca el turno a la faja. La izquierda se une para desabrochar la portañuela y bajar el pantalón que cae hecho arrugas sobre las botas salpicadas de fango.
– Los que traicionan tienen que pasar por esto: de cualquier parte de tu pueblo te gritarán cobarde, dice el comisario como punto final de la reunión.
Al lado de mi hamaca, descubro que algunos están en contra de la medida.
– Eso no se le hace a un hombre. Yo vine aquí porque quise y si me sale, me voy, comenta Papo. El Rubio lo apoya.
No debo asombrarme. La unidad se creó: limpiabotas, zapateros remendones, quincalleros… Son los milicianos de última hora; son los tocados en la conciencia en este octubre por la amenaza nuclear de los yanquis.
La UJC me situó en este campamento cerca de Güines para batirme. Trabajo duro, admirable. Soy el jefe de propaganda de los que no pueden cometer el primer error pues sería el último: los zapadores. Me siento Pavel Korchaguin. Como él tengo que actuar.
El sargento se acerca. Le cuento el problema. Me pasa el bazo por arriba y…
– Bueno, te tienes que fajar con eso después de almuerzo. Vamos a ver…
A pesar de la flema del sargento, sigo preocupado mientras pongo a funcionar los instrumentos del cariño: la cuchara, el plato de aluminio, el jarro. Sabroso invento de los combatientes el nombrecito.
Cuando lavo el plato, avisan: otra asamblea general. El comisario tiene la palabra:
– Estamos en lo militar, pero es necesario que ustedes opinen sobre la nueva petición del compañero: quiere volver a nuestras filas. Debemos explicar primero que antes de hacer lo que hicimos en la anterior reunión, discutimos con él para que no fallara, y fue en balde. Ahora dice que se iba porque el padre maltrata a la madre cuando él no está, y lo cierto es que en todo esto hay un b… por el medio.
Espero el choteo, mas la palabrota hiere el aire como si envolviera un concepto filosófico o económico y ni un ligero bonche aparece en escena.
– Hemos leído la carta de la novia donde le pide que regrese o ella muere junto a otro montón de tonterías. Y por esas tonterías trató de irse para su casa el compañero, y se dejó cortar las charreteras cuando el militar de honor prefiere la muerte antes de permitirlo.
Al concluir el almuerzo, se dirigió a nosotros para informarnos de su arrepentimiento. Estamos aquí para que exponga bien clarito la causa de su nueva decisión.
El desertor se levanta del rincón donde estaba en cuclillas:
– He fallado, los quería dejar, no me di cuenta de lo que hacía, he comprendido mi error y quiero que me den el chance de volver con ustedes. No es fácil, antepuse una cuestión espiritual a una material…
El comisario interrumpe:
– Opiniones parecidas propagaban los burgueses de los materialistas. Decían que eran aquellos que solo se interesaban por comer bien, beber sin límites, tener dinero y que no tenían sentimientos ni alma.
Ellos, “los grandes idealistas” eran, sin embargo, los que tenían dinero, el que nos quitaban, y con él hacían sus orgías en cueros mientras los materialistas marxistas, los revolucionarios, se jugaban la vida por lo que actualmente tenemos.
– Yo solo deseo volver con ustedes…, únicamente agrega el desertor.
La gente empieza a opinar. Lo llevan recio. El jefe de personal de la unidad pide la palabra. Es un cincuentón de mediana estatura.
– Debemos darle la oportunidad. Pero tiene que tratar de conquistar otra vez nuestra confianza. No debe ser molestado, aunque hay que vigilarle la actitud hasta en el momento de mear.
Al fin, el muchacho es aceptado. Alejo junto a él: le entrega el fusil.
– No te pongas triste y echa para adelante: ahora sí que no puedes fallar.
De nuevo en mi hamaca. Faltan 40 minutos para la lucha con el pico y la pala en las trincheras. A pesar del sueño por la calurosa tarde, los hombres conversan.
– Demetrio, ¿te vas ahora?, pregunta burlón el negro Tato a uno de los más regados.
– ¡Qué va, mi socio! Yo no voy a enseñar los calzoncillos a la tropa. Oiga, y que están llenos de huecos.
Abundan las carcajadas. Desde mi hamaca, no escapo a la hilaridad por la ocurrencia. El sueño comienza a vencerme. Un periódico Hoy me tapa la cara mientras la risa de los compañeros se aleja cada vez más.

