Lo prometido es deuda. Hace un año me dije que regresaría a la ciudad héroe, y esta vez hice caso omiso a aquellos que me advirtieron que la cosa “estaba mala”. De todas formas necesitaba un lugar alejado de la capital para pasar las vacaciones y ciertamente Santiago de Cuba seguía siendo la mejor opción.
El viaje. Esta vez fue de perros. Lo peor de lo peor y perdón por la redundancia, pero en esta ocasión, el tren número 15 asemejaba el verdadero infierno sobre ruedas. Hell on Wheels, para hacer honor a la serie de Canal Habana. Calor sofocante, los vendedores sobre ti, impidiéndote conciliar el sueño, la interminable espera. Y 22 horas después, San Luis, y no Santiago me recibió como doce meses atrás. Camión y capital. Baño y sueño. Era lo que necesitaba mas, no lo tuve.
Nunca puedes dejar de pasear por la ciudad en el primer día de estancia. La curiosidad por saber que ha cambiado, que pudo empeorar o mejorar no deja al viajero veterano descansar un minuto. Rápidamente constaté que las cosas no estaban igual. Sí, habían cambiado y para bien.
Las calles limpias, ¡qué limpias!, más limpias que antes. Todos cumpliendo con sus obligaciones sin rechistar a cualquier hora. El trato afable y las ganas de conversar siempre con el desconocido continuaban siendo constante en la personalidad de los citadinos. A fin de cuentas, no siempre hay una invasión habanera en la Ciudad Héroe… a no ser que vaya Industriales al Guillermón.
Las calles del centro histórico, en esta ocasión alumbradas con desenfreno, acababan de darle al boulevard de Enramada el toque perfecto de los años 50 que aún no estaba del todo logrado un año atrás. Los maniseros, mudos de palabra, con sus ruidosas latas de maní tostado y bien caliente, andaban por doquier pregonando su producto: para que gritar lo que venden, para el santiaguero ya es costumbre saber lo que trae el hombre de la lata de hierro.
Esta vez no tuve fiesta de noche. Casi un día a bordo del tren me pasó factura rápidamente. El domingo aguardaba con un de pié madrugador. El campismo La Mula esperaba, y unos kilómetros más allá, por segunda vez, el Pico Turquino.

