A las tres y cuarenta y cinco de la mañana sonó la alarma del móvil de una de mis compañeras de cabaña. “Dios, el Pico otra vez. Que va, hoy si que me quedo durmiendo, no subo de nuevo”, me dije. Mentiras mías. Al rato estaba parado junto al camión como el primero, junto a 110 personas más. Subir tanta gente en un día era algo loco y novedoso, pero los guías confiaban en que no suponía una tarea imposible.
La subida comenzó a oscuras en esta ocasión: éramos demasiados y el poco tiempo habíamos de aprovecharlo. Avanzamos rápido. Comenzaron a quedar muchachos rezagados, que al rato desistirían de la dura tarea. “¡Agresivos!”, lema de la facultad y frase de orden para la subida. Pero ni la más fiera agresividad nos salvaría del torrente que cayó del cielo ya casi a la altura del kilómetro nueve.
Los mil 500 metros restantes si fueron una odisea…y a la hora de bajar, peor aún… muchos de los que subieron ese día le han realizado hoy una visita al ortopédico…yo me incluyo. Palabras, sobran. Lo único que agregaré, a diferencia de la experiencia del año pasado, es que esta vez si me sentí Colón cuando llegué a la cima. Hasta recé para agradecer el haberlo logrado. Vamos, cansancio+lluvia+altura=desesperación. Cualquiera se vuelve loco.
Pero mi historia con la montaña no es demasiado trascendente. Cayo Granma fue el lugar que eclipsó esta vez mis sentidos. Según mi abuelo, el cayo era lugar de gente de “medio pelo”, entendiendo esta frase tan singular como “gente con dinero”. El Cayo tiene una ubicación perfecta para albergar casas de descanso: en el centro de la bahía, relativamente alejado de todo, en fin, un paraíso.
Y fue precisamente en ese paraíso donde Sandy se hizo notar de buena manera en 2012. Arrasó con todo. Las casas, casi todas de madera, a la vieja usanza, fueron borradas del mapa en casi nada. Pilotes desnudos dejan entrever la huella de lo que, alguna vez, fuese un hogar.
Hoy, todos tienen casa nuevamente, gracias al esfuerzo de todos. Cayo Granma es de nuevo un pueblo “de pueblo”. Y como toda población apartada, ajena a ver demasiados extraños rondando, casi todo el mundo tenía que ver con nuestra presencia. Así pues conocimos muchísimas historias, algunas de ellas tristísimas como la del niño que no reía o la señora que con algo más de 80 años, al ritmo de un baile bien sabrosón y a capella nos contó sobre su vida, familia, convicciones y sobre todo sus chorrocientas desventuras.
Cayo Granma es pintoresco, lleno de mucha más alegría que de pesares, emociones escondidas tras la tablazón de madera que conforma las casas. Pero es muy pobre. Sus historias se truncan alrededor de 2012, cuando el huracán cambió todo de golpe y porrazo…. menos las ganas de vivir de su gente.

