Día Mundial de la Alimentación: una batalla por la supervivencia

Es una enorme vergüenza que más de 100 mil millones de personas padezcan hambre en un mundo donde ya se construyen átomos a la medida.

Pero es más escandaloso aun que anualmente se gaste 1,5 billones de dólares en armas, mientras buena parte de la humanidad muere de hambre.

El senado de los Estados Unidos aprobó un presupuesto militar de 700 mil millones de dólares para este año —700 dólares por cada hambriento del planeta— y el presidente norteamericano, Donald Trump, dio a conocer su proyecto de presupuesto para el 2019, que contempla un gasto militar de 716 mil millones de dólares.

Esa cifra no incluye otros acápites derivados de la presencia agresiva estadounidense en 121 países, pero además, en 2015, el Departamento de Defensa gastó 54 veces más fondos que los presupuestados, de modo que es prácticamente imposible saber el verdadero monto del presupuesto militar del imperio.

Aunque en cuantías muchísimo menores, la mayoría de las naciones emplean grandes sumas en la defensa.

Por otra parte, en el mundo se desperdician alrededor de mil 300 millones de toneladas de comida al año: un tercio de todos los alimentos que se producen.

Desde luego, este despilfarro tiene su expresión principal en los países ricos, especialmente en Estados Unidos (EE. UU.) y Canadá, mientras es mucho menor en los países pobres.

Para llamar la atención sobre el reto del hambre, la Asamblea General de Naciones Unidas instituyó el 16 de octubre como Día Mundial de la Alimentación, coincidiendo con la fecha de fundación de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (Fao) en 1945.

Este año, el tema central escogido para la fecha es: “Cambiar el futuro de la migración. Invertir en seguridad alimentaria y desarrollo rural”.

Alude al creciente fenómeno de la migración de millones de personas que huyen del hambre y el abandono que reina en los campos y acuden a las ciudades, en busca de trabajo y sustento, para encontrarse en la misma situación que dejaron atrás.

Entonces, arriesgan sus vidas el intento, muchas veces fallido, de radicarse en los países ricos, donde, si no son rechazados, se convierten en mano de obra barata y en víctimas de la xenofobia, el racismo y todo tipo de abusos.

La migración económica se agrava con los desplazados por las guerras, promovidas por los responsables de la pobreza y financiadas a costa del hambre y la miseria de muchos, en aras de la ostentación y el despilfarro de unos pocos.

Los EE. UU. y sus aliados son los promotores de prácticamente todos los conflictos armados que sacuden el planeta y a la vez son quienes cierran las puertas a los infelices que huyen por sus vidas.

Desde su inicio, el Gobierno de Trump se ha distinguido por su postura racista y xenófoba, particularmente contra los migrantes mexicanos y de los países con mayoría musulmana, pero también hacia los haitianos, hondureños y recientemente los salvadoreños.

La Fao advierte que la actual crisis económica mundial ha agravado la situación alimentaria en el planeta y ahora los pobres comen menos veces e ingieren alimentos menos nutritivos, además de disponer de casi nulos recursos para la sanidad y la educación.

En 2050 la población mundial alcanzará casi nueve mil millones, a los cuales habrá que alimentar.

En este Día Mundial de la Alimentación, la Fao convoca a la comunidad de donantes a incrementar la ayuda a la agricultura, hasta alcanzar los niveles de 1980, cuando Asia y América Latina fueron salvadas de la devastación de las hambrunas de los años 70.

Es un llamado al aporte de un paliativo, necesario pero insuficiente, porque en la década de los 80 se evitó una debacle, aunque la pobreza y la miseria extrema siguieron siendo una realidad, no solo en Asia y Latinoamérica, sino en el resto del mundo, incluyendo muchos países altamente desarrollados.

La Fao promueve la conversión agroecológica de los sistemas de producción y la creación de redes alternativas de alimentos saludables y accesibles para todas las personas.

La agroecología prueba su eficacia en la experiencia de miles de campesinos que utilizan policultivos y sistemas agroforestales que minimizan los riesgos frente al cambio climático.

Los campesinos, indígenas y agricultores familiares producen 70 por ciento de los alimentos en el mundo, en apenas 25 por ciento de la tierra, mientras las empresas del agronegocio, que disponen de 75 por ciento de las tierras, solo producen 25 por ciento de la comida.

Las evidencias demuestran que los sistemas agroecológicos son más resistentes a los impactos de sequías y huracanes que los monocultivos y ofrecen una variedad de modelos de manejo, capaces de reforzar la resiliencia de los agroecosistemas modernos.

El problema es que el sistema capitalista es incapaz de asegurar la salud alimentaria de la humanidad ni el respeto por el medio ambiente, pues a los capitalistas no les conviene tomar las medidas necesarias para resolver el destructivo círculo vicioso que han creado.

El cambio de política necesario exigiría, además de eliminar el monocultivo con estrategias agroecológicas, desmantelar el control de las multinacionales sobre la producción alimentaria, basada en el petróleo, y anular las políticas agrarias neoliberales que lo sustentan.

En Cuba, desde el triunfo de la Revolución, nadie muere de hambre, a pesar de la genocida guerra económica impuesta por el Gobierno de los EE. UU. que dura ya casi seis décadas.

Los organismos internacionales reconocen que este es uno de los Estados de la región con más bajos índices de malnutrición y mayor seguridad alimentaria, gracias a la voluntad prioritaria del Gobierno.

Cierto que no siempre está sobre la mesa el tipo de alimento que pudiéramos desear, pero las cifras de esperanza de vida al nacer, que ronda los 80 años, y de mortalidad infantil, una de las más bajas del mundo, indican que los cubanos accedemos a los alimentos imprescindibles.

Al propio tiempo, Cuba ha colaborado ampliamente con la Fao, intercambiando conocimientos en muchos proyectos para la seguridad alimentaria.

Ese organismo de Naciones Unidas reconoce los esfuerzos cubanos para incrementar la producción y la calidad de los productos alimenticios, en beneficio de la población.

Por ejemplo, mediante el proyecto 10589 de apoyo al Programa Nacional de Prevención y Control de la Anemia en niños menores de cinco años de edad, embarazadas, madres lactantes y personas mayores de 65 años.

Proyectos desarrollados en cooperación con el Programa Mundial de Alimentos (PMA), permiten suministrar meriendas de galletas y líquidos con lactosa y enriquecidos con micronutrientes para los niños de la enseñanza primaria y en centros internos y seminternos, una ración de leche vitaminada y aceite vegetal para la elaboración de almuerzos y comidas a este sector de la educación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *