
(Foto: emaly.com.mx)
El mundo este lunes recibió un llamado a la unidad: “Todas las personas merecen beneficiarse del crecimiento económico y el progreso social. Trabajemos codo con codo para poder disfrutar de una vida en la que haya seguridad, dignidad y oportunidades para todos”.
Este fue el mensaje del secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, en ocasión de este 11 de julio de 2016, Día Mundial de la Población, cuyo lema del año es: Invertir en las adolescentes.
Indudablemente vale la pena que la humanidad se una en respuesta a esta convocatoria, porque las muchachas en esta etapa enfrentan numerosos problemas como es el matrimonio o la maternidad precoz, con lo que afectan sus estudios o su proyección futura y hasta ponen en riesgo su vida al ser madres y no estar preparadas físicamente para ello.
Y qué decir de los retos de las poblaciones del Tercer Mundo, donde existen minorías étnicas, porque allí las adolescentes sufren marginación, agresión a sus derechos a la salud y en general a sus derechos humanos y reproductivos, lo que las hace vulnerables a enfermedades, lesiones y explotación.
La acción a que se nos convoca es a fortalecer el conocimiento y conciencia de los adolescentes en cuanto a sus derechos y lo que puede afectarles o no, de manera que tomen decisiones informadas sobre su salud y sus vidas.
A esto se llama igualmente a la familia y la sociedad, a brindarles todos los medios para que puedan triunfar y sean participativos, porque entonces ellos, además, se convierten en agentes de cambio positivo en su propio grupo etario en sus escuelas y comunidades.
En Cuba, la adolescencia tiene asegurados los derechos al estudio y la salud como conquistas más importantes, unido al cultivo del arte y la cultura; pero se trabaja a pesar de las restricciones económicas con voluntad política en infinidad de actividades que les proporcionan las posibilidades de tener una vida con seguridad, dignidad y oportunidades.
En lo que nos compete aún debemos ser más receptivos desde el propio núcleo familiar y la escuela para asegurar mejores resultados a programas como el de salud infanto-juvenil, dirigido con a este grupo poblacional; mayor empleo de nuestros hijos al acceso gratuito que tienen al deporte, la lectura, que no caigan en adicciones como el tabaquismo.
Del mismo modo, se preocupan u ocupan de su conocimiento y uso de los medios de protección contra las infecciones de trasmisión sexual y de que no sufran accidentes evitables; no hacerlos víctima de violencia intrafamiliar, respetarle más sus derechos individuales, prestarles especial atención a sus intereses e incentivar otras muchas posibilidades para que empleen sanamente el tiempo libre.
Son estos aspectos los que harán de nuestros adolescentes una generación más feliz, con más valores éticos y morales; en fin más preparados para los retos medioambientales y sociales del país y la humanidad.

