No son pocos los ancianos que se quejan del desamor de sus hijos y nietos. Ante esta situación, vale la pena plantearse cuál es la génesis del problema.
¿Se trata acaso de una cadena filial que se transmite de abuelos a padres y de estos a sus hijos? Por su universalidad, el tema merece ser analizado.
Recientemente conversaba con una profesora universitaria quien se refería a la importancia del ejemplo. “No espere nadie que maltrate a sus padres delante de sus hijos –decía–, que éstos le profesen amor cuando ellos mismos sean ancianos”.
En las familias los menores no deben de ver beneficios adicionales con algunos de sus miembros, ya que cada cual tendrá responsabilidades en el hogar de acuerdo con el tiempo de que dispongan. Con frecuencia se ve que se sobrecarga de tareas domésticas a los ancianos de la casa, que bien pudieran repartirse entre todos.
Se hace costumbre, además, eximir de éstas a adolescentes y jóvenes por el solo hecho de que estudian y así crecen en medio de la desconsideración con sus abuelos.
Un amigo mencionaba también como error de los padres proporcionarles a los hijos una vida cómoda, saturada de mimos, sobreprotección y, sobre todo, alejada de preocupaciones colectivas. Esas actitudes propician individualidad y egoísmo.
Con el paso de los años no estará presente en los más jóvenes el sentido de pertenencia hacia la familia. Serán extraños en la casa y ya de adultos se preocuparán sólo por sus problemas e intereses. Es el momento que los padres se preguntarán: ¿Cuál fue el error si se lo dimos todo? Esa precisamente fue la falla.
En la educación de los hijos todo debe de tener su medida y momento. Es necesario no complacerlos en todo. Olvidarnos del “pajarito volando” y enseñarles a valorar el esfuerzo de los mayores para que ellos desarrollen una vida plena y feliz; y algo muy importante: inculcarles desde la cuna que nos quieran.


