Desde el lejano y aún controvertido origen del universo, la vida de los humanos comenzó a multiplicarse y al unísono, éstos emprendieron el largo camino hasta hoy recorrido para preservar y mejorar su relación como seres sociales.
A partir de ese razonamiento, que bien se ajusta al de personas de diferentes culturas, filosofías y axiomas jurídicos, el concepto de familia persiste en el tiempo como el eslabón esencial para compartir afectos y responsabilidades, con impronta trascendental en la vida de las naciones.
De ahí la importancia de conocer el desempeño de género actual que en Cuba confirma a las mujeres en el 44,9 por ciento como jefas de hogar, lo cual supone un mayor protagonismo y reconocimiento social para ese sector, que antes de enero de 1959 era discriminado, de acuerdo a un modelo patriarcal dominado por los hombres y de evidentes consecuencias en la familia.
Es así que la experiencia femenina en la Cuba revolucionaria de más de medio siglo de existencia genera actualmente diversas opiniones, inclusive entre las del mal llamado eslabón débil, integradas a la práctica social, muchas veces sin desmayar ante el desafío de encarar además los quehaceres domésticos y propios de su naturaleza, en igualdad de condiciones con el sexo opuesto.
La información recogida por el Censo de Población y Vivienda de 2012, abordada en diciembre último por el periódico Granma, Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista, abre el debate acerca de varios cuestionamientos y entre éstos sobresale: ¿Cómo eliminar las desigualdades entre los géneros y dotar a las mujeres de mayor autonomía?
Al respecto existe mucha tela por donde cortar, debido a la complejidad del asunto y a las disímiles consideraciones que a veces rayan en contradictorias, pues los comportamientos en la sociedad cubana de hoy permiten reflexionar y opinar sobre las disímiles tendencias positivas y negativas, apreciadas entre los hombres y mujeres vinculados a la vida útil del país.
El tratamiento del tema desde la óptica de la ciencia social, alude como en ocasiones se intercambian los roles tradicionales para “mejorar” los patrones de conducta, pero otras veces dan paso al acomodamiento y a la evasión de compromisos, sin darle mucha importancia a las disposiciones contempladas por la ley.
Recordar las conquistas feministas de finales del siglo XIX y su auge en la centuria pasada, añade regocijo por el afortunado proceso de reivindicación respecto al sexo masculino, que hasta hoy permite en la mayoría de los países el voto, la protección contra el acoso sexual, igualdad ante la ley o los derechos reproductivos, entre otros logros sociales, asumidos por Cuba.
Pero es que una vez fundada la familia, la teoría o determinación social de individualizar la autoridad de género, trasciende si se siente como amor incondicional, solo negociable entre dos, para multiplicarlo en la descendencia, con fruto de unidad de propósito en el hogar y en otras responsabilidades emanadas de la vida laboral y ciudadana.
Esto invita a la enseñanza continua para cuidar y valorar las virtudes de cada quien y sus prioridades en cada momento de la vida, para preservar la cohesión familiar, y no quebrar la cadena de heredad que hace perdurable a la humanidad.
Las actitudes extremas siempre acarrean malos resultados, por eso estimo que en la unidad sigue radicando la fuerza y de esto no escapa tampoco la familia, responsable de los primeros afectos, instrucción, disciplina y hábitos generales, para un estilo de vida saludable, de principios éticos y cívicos que nunca debería pasar de moda.
Bajo cualquier circunstancia, latitud y época, el desarrollo armónico de la sociedad habla de equilibrio y este se corrobora en la unidad de los progenitores, decididos a formar la familia, que es algo más que tradiciones, religión, hombre o mujer.


