Feminista, pero machista sin remedio

El cinismo del machista. (Foto: caosnegro.blogspot.com)

El cinismo del machista. (Foto: caosnegro.blogspot.com)

A través de mi vida hay quienes me han tildado de feminista, a veces a ultranza; pero con el pasar de los años me he llegado a preguntar si no me estaré convirtiendo en una machista sin remedio…

Repasando brevemente mi vida comprendo que poco a poco ha pasado del “feminismo protestante” a la tolerancia muda ante el machismo. Mis luchas feministas comenzaron en mi niñez, allá en Colón, cuando por reclamo mío, compartía con mi hermano todas las tareas que mi mamá, una machista por excelencia, me dejaba, por ser la hembra.

Ya teníamos 10 años yo, y nueve mi hermano, cuando mi mamá comenzó a darme responsabilidades hogareñas. Pero ahí estaba yo, con ideas sacadas no sé de dónde, para explicarle a mi mamá que mi hermano también tenía que limpiar la casa, que tender su cama, que ser organizado.

En mi cabecita no cabía que si ambos estudiábamos igual, habíamos aprendido las mismas cosas, jugábamos a los mismos juegos y teníamos casi la misma edad, de pronto debíamos empezar a separar nuestros roles.

Mis peleas eran duras, pero repasando mi niñez comprendí que ciertamente no gané.

Yo aprendí junto con mi papá a preparar la mezcla y repellar una pared, a poner tomacorrientes, interruptores, a cambiar bombillos y a reparar cosas sencillas. Jamás dejé de jugar con los varones del barrio a la pelota, aunque ya adolescente me llamaran marimacha.

Pero mi hermano no desarrolló habilidades en las tareas de la casa y hoy es un dolor de cabeza para la mujer que conviva con él. ¿Quién tuvo la culpa? Tal vez mi mamá, o tal vez yo, que dejé de insistir en la igualdad.

Porque hubo un momento cuando yo dejé de fajarme porque mi hermano hiciera las mismas cosas que yo. Ahora no tengo conciencia real, pero saltando en el tiempo, me veo a mí misma, lavando la ropa de ambos cuando regresábamos de la Vocacional, ya con 16 o 17 años.

Mi mamá trabajaba los sábados. Daba clases en la Facultad Obrero Campesina en Los Arabos y que yo lavara la ropa de ambos le aliviaba sus obligaciones. Recuerdo que a veces me recomía, porque mientras mi hermano dormía, yo tenía que quitar el churre que traíamos de la beca en las sábanas, las toallas, las medias, la ropa de campo o de autoservicio y el uniforme, que por suerte era azul.

Ya para entonces yo trabajaba en la casa sin chistar, arreglaba de vez en cuando los closet y hacia limpiezas generales. Todo sin mucha exigencia por parte de mis padres, que ponían más énfasis en mis estudios.

Mis ideas feministas no han cambiado. Yo sigo creyendo que hombres y mujeres debemos prepararnos por igual para la vida, que niñas y niños deben compartir sus juguetes, que ambos tenemos la misma responsabilidad ante los hijos… y no creo que existan tareas femeninas y trabajos masculinos.

El problema es cuando trato de llevar esas ideas a la práctica. Repasando mi vida me ha resultado muy difícil porque a donde quiera que voy estoy rodeada de machismo. Mis abuelos son machistas, sobre todo mi abuela; mi papá y mi mamá igual y mi hermano es el modelo ideal de hombre machista…

Y cuando encontré a mi pareja, con quien convivo hace más de 10 años, choqué con otro modelo ideal de machismo, hijo de machistas empedernidos. Tal es así, que un día mi suegra me dijo que Fidelito (mi esposo) no entraba a la cocina mientras ella estuviera viva.

machismo-chisteY así fue, por desgracia, pero mi esposo ha tenido que entrar a la cocina y a limpiar el baño, la casa y hasta a planchar, porque es muy difícil para mí ocuparme de todas las tareas en un hogar donde solo vivimos los dos y nuestro hijo de ocho años. Aún así es difícil y cuesta sangre y sudor educar a una persona que creció bajo cánones machistas y es 19 años mayor que yo.

Así que si me preguntan si soy machista, tendré que responder que sí, que es imposible no ser machista en mi país o en mi familia; que a pesar de no compartir las ideas de esa posición retrógrada, uno llega a serlo por cansancio o porque no siempre uno puede andar fajándose con las personas para que cambien.

Soy machista porque me he rendido; porque no he luchado lo suficiente cuando mi esposo, por ejemplo, protesta cuando quiero superarme o cuando me proponen un cargo de dirección.

Soy machista porque me he echado arriba la carga principal de las tareas de mi casa, incluyendo cambiar los interruptores, las lámparas, arreglar lo que se rompe, atender el patio y hacer de ayudante de albañil.

Soy machista cuando no dejo que mi esposo lave, porque mete todo a la lavadora, mezcla la ropa de color con la blanca, y le deja picos a las piezas por la manera en que las cuelga en la tendedera.

Soy definitivamente una machista con ideas feministas, que reproduce inconscientemente el modelo que aprendió de niña… Pero lo peor no es haberme convertido en una machista para no seguirme buscando problemas, lo peor es que mi esposo y yo estamos educando a nuestro César bajo un raro modelo de machismo.

Lo tenemos confundido al punto de que César cree que las hembras cocinan, limpian y lavan; y que los varones friegan, planchan y botan la basura. Cree además que las mujeres arreglan las cosas cuando se rompen y que solo los hombres tienen carro y pueden manejar.

Así que no me queda más remedio que reconocer que no soy más que otra mujer machista cubana, que tendrá que volverse a fajar por sus ideas si no quiere que su hijo sea otro machista empedernido cubano.

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