
Foto: Radio rebelde
Allen W. Dulles fue el halcón y sabueso principal de los servicios de inteligencia norteamericanos, de cuya Agencia Central (CIA) fue director entre 1953 y 1961. Como se infiere, cuando la Revolución Cubana triunfa el primero de enero de 1959, ya Dulles era el flameante jefe de la CIA.
Resulta útil desempolvar la maquiavélica estrategia diseñada por Dulles en su libro El arte de la inteligencia (The Craft of Intelligence), para sembrar “(…) el caos en la Unión de Repúblicas Socialista Soviética” (URSS), donde proyectó un escenario de sustitución de “sus valores, sin que sea percibido, por otros falsos, y les obligaremos a creer en ellos”.
Así lo expresó, sin remilgo y ambages alguno, en el texto de marras, el astuto hombre de aspecto regordete y ojos semejantes a los del águila, quien pretendió en la nación europea deshabituar a los artistas, quitándoles “las ganas de dedicarse al arte, a la investigación de los procesos que se desarrollan en el interior de la sociedad”.
En esa última categoría están hoy en Cuba, entre otros sujetos, los que ejercemos el oficio más hermoso del mundo -el periodismo-, a decir del fallecido Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.
Las pretensiones de este inescrupuloso personaje resultaban mucho más ambiciosas, para dar al traste con el sistema socioeconómico y político imperante entonces en la Unión Soviética, donde los servicios de inteligencia norteamericanos diseñaron métodos dirigidos a “inculcar en la conciencia humana el culto del sexo, la violencia, el sadismo, la traición. En una palabra: cualquier tipo de inmoralidad”.
Pero Dulles apostó por más, en esa persistente práctica propia de los topos de buena raza dedicados a la subversión: “De una manera imperceptible, pero activa y constante, propiciaremos el despotismo de los funcionarios, el soborno, la corrupción, la falta de principios. La honradez y la honestidad serán ridiculizadas (como) innecesarias y convertidas en un vestigio del pasado”.
El hábil y suspicaz artífice de este trabajo sucio, desde la sombra, hacia el interior de la URSS, llegó a aseverar que “solo unos pocos acertarán a sospechar e incluso comprender lo que realmente sucede”.
Tan seguro se sentía de la extorsión subterránea, que llegó a decir: “(…) a esa gente la situaremos en una posición de indefensión, ridiculizándolos, encontrando la manera de calumniarlos, desacreditarlos y señalarlos como desechos de la sociedad”.
Cual si fuera un avezado floricultor -nada más ajeno a su labor global encubierta-, Allen W. Dulles esbozó el objetivo principal de su paciente misión, en un halito aparentemente poético: “(…) todo esto es lo que vamos a cultivar hábilmente hasta que reviente como el capullo de una flor”.
En su persistente propósito por hacer fenecer a la Unión Soviética, propuso asimismo otras líneas de trabajo claves para la CIA: “Haremos parecer chabacanos los fundamentos de la moralidad destruyéndolos”.
Ni corto ni perezoso en sus flagrantes intensiones, Dulles dejó plasmado hacia donde estarían dirigidos los mísiles balísticos de la subversión, los de mayor alcance y más destructivos: “Nuestra principal apuesta será la juventud. La corromperemos, desmoralizaremos, pervertiremos (…)”.
Si bien como expresó el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, durante su estancia en La Habana, en marzo de 2016, aquí en Cuba no solo sabemos decir “echar p´alante”, sino que también hemos aprendido a “nadar en medio de los tiburones para poder lograr los objetivos que hemos planteado”, parafraseando las palabras dichas entonces por el propio dignatario.
Hace más de media centuria los cubanos aprendimos a navegar contra la corriente. Dulles alcanzó a saberlo muy bien.
Este estratega de la subversión es un viejo conocido, cuyos continuadores apelan al catálogo de inteligencia empleado por éste en su época de esplendor al frente de la CIA, y el cual se renueva para aplicarlo en la Cuba de 2016.
De tal proceder, los cubanos tenemos plena certeza, no la sospecha. El guión es otro, pero los actores son los mismos. Ese truco no funciona, pues las cartas están bajo la manga, donde siempre han estado, para matar la jugada llegado el momento. ¡A otro con ese cuento!
Informaciones relacionadas:
Continúa rechazo a World Learning
Celebrarán jóvenes jornada contra el bloqueo
