
Estatua de José Martí en el Memorial que lleva su nombre en la Plaza de la Revolución de La Habana. Fotos: Radio Cadena Agramonte
Un escrito ofensivo contra los cubanos publicado en The Manufacturer, de Filadelfia, y reproducido por The Evening Post el 24 de marzo de 1889…han herido a José Martí.
No se queda en el dolor. Lo convierte en ofensiva contra la maldad. Al día siguiente, el segundo periódico citado, alberga la respuesta bajo el título Vindicación de Cuba.
En esas líneas, además de responder, avizora, a partir de reflexiones sobre el pensar de los mejores cubanos de la emigración, que lo podrido va engullendo la patria de Abraham Lincoln:
“(…) esos son más numerosos que los otros, no desean la anexión de Cuba a Estados Unidos. No la necesitan. Admiran a esta nación, la más grande de cuantas erigió la libertad, pero desconfían de los elementos funestos que como gusanos en la sangre, han comenzado en esta República portentosa su obra de destrucción”.
Sin negar aspectos positivos esclarece: “(…) no pueden creer honradamente que el individualismo excesivo, la adoración de la riqueza, y el júbilo prolongado de una victoria terrible, estén preparando a los Estados Unidos para ser la nación típica de la libertad, donde no ha de haber opinión basada en el apetito inmoderado del poder, ni adquisición o triunfos contrarios a la bondad y la justicia”.
De esa autosuficiencia de almas insuficientes, salieron esas indignidades que vieron la luz para oscurecerla en el trabajo de marras. Lo planteado por el Héroe Nacional de nuestro país, cabe en cualquier gobierno y época, con demasiada asquerosidad que, desde la base, llega a ramas y frutos.
Dice: “No somos los cubanos ese pueblo de vagabundos míseros o pigmeos inmorales que a The Manufacturer le place describir; ni el país de inútiles verbosos, incapaces de acción, enemigos del trabajo recio que, junto a los demás pueblos de América española, suelen pintar viajeros soberbios y escritores”.
En sus frases, el batallar y las agonías contra los tiranos: “(…) hemos peleado como hombres y a veces como gigantes, para ser libres (…)”.
Ahora, se reposa sin abandonar los sueños de recomenzar, cercados por una horrible represión que no permite siquiera los medios para vivir y siembra la corrupción, “(…) que llegue a envenenarnos en la sangre las fuerzas necesarias para conquistar la libertad. Merecemos en la hora de nuestro infortunio, el respeto de los que no nos ayudaron cuando quisimos sacudirlo”.
Ruge, analiza, muestra y pregunta: “¿Se nos ha de llamar, como The Manufacturer nos llama, un pueblo «afeminado»? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse en un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear 10 años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir -estos hombres de 10 y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna- de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron como esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, echar a volar una cabeza, o de una vuelta de la mano arrodillar a un toro”.
Robles veteranos y los Pinos Nuevos se unirían al conjuro de la palabra y la organización martiana para reiniciar la Guerra Necesaria. Saber -y lo callan- que Washington por poco pierde la conflagración porque no tenía dinero para pagar a su tropa que sí cobraba; y de faltar la paga se apagaba el ímpetu.
De la mayor de las Antillas le llegó dinero para resolver sus cuitas, mucho de este gracias a la venta de las alhajas de las damas de una nación que intentaban vejar con este bodrio.
Continúa Martí a la ofensiva: “Los cubanos, dice The Manufacturer, «tienen aversión a todo esfuerzo», «no se saben valer», «son perezosos»”. A continuación una andanada de golpes martianos:
“El poeta del Niágara es un cubano, nuestro Heredia. Un cubano, Menocal, es jefe de los ingenieros del canal de Nicaragua. En Filadelfia mismo, como en New York, el primer premio de las Universidades, ha sido más de una vez, de los cubanos.
“Y las mujeres de estos «perezosos», «que no se saben valer», de estos enemigos de «todo esfuerzo» llegaron aquí recién venidas de una existencia suntuosa, en lo más crudo del invierno; sus maridos estaban en la guerra, arruinados, presos, muertos; la «señora» se puso a trabajar; la dueña de esclavos se convirtió en esclava; se sentó detrás de un mostrador; cantó en las iglesias; ribeteó ojales por cientos; cosió a jornal; rizó plumas de sombrerería; dio su corazón al deber; marchitó su cuerpo en el trabajo; ¡éste es el pueblo «deficiente en moral»!”
La vida misma, expresa el autor de los Versos libres, ha capacitado a los cubanos a gobernarse. No estamos como miente el escrito, “incapacitados por la naturaleza y la experiencia para cumplir las obligaciones de la ciudadanía de un país grande y libre”.
La propia Guerra de los Diez Años, nos ha hecho más grandes y más libres. En Vindicación… se señala: “Parece que hay en la mente cubana una dichosa facultad de unir el sentido a la pasión, y la moderación a la exuberancia”.
Sus burlas a nuestros intentos liberadores, esa infamia de escribir que nuestras “tentativas de rebelión han sido tan infelizmente ineficaces, que apenas se levantan un poco de la dignidad de una farsa”, son rechazadas con potencia mambisa:
“Nunca se ha desplegado ignorancia mayor de la historia y el carácter que en esta ligerísima aseveración… ¡Una farsa, la guerra que ha sido comparada por los observadores extranjeros a una epopeya, el alzamiento de todo un pueblo, el abandono voluntario de la riqueza, la abolición de la esclavitud en nuestro primer momento de libertad, el incendio de nuestras ciudades con nuestras propias manos, la creación de pueblos y fábricas en los bosques vírgenes, el vestir a nuestras mujeres con los tejidos de los árboles, el tener a raya, en 10 años de esa vida, a un adversario poderoso, que perdió 200 mil hombres a manos de un pequeños ejército de patriotas, sin más ayuda que la naturaleza!”
Les echa en cara que los patriotas de Estados Unidos tuvieron apoyo extranjero y “(…) nosotros no teníamos más que un vecino que «extendió los límites de su poder y obró contra la voluntad del pueblo» para favorecer a los enemigos de aquellos que peleaban por la misma carta de libertad en que él fundó su independencia…
“Extendieron «los límites de su poder en diferencia a España». No alzaron la mano. No dijeron la palabra”.
La política de la fruta madura en acción. Preferían más a Cuba española que libre. Con más facilidad caería en sus redes.
Aclara: “La lucha no ha cesado… La nueva generación es digna de sus padres… Solo con la vida cesará entre nosotros la batalla por la libertad”.
Así fue. Así será siempre a pesar de los pensamientos publicados por The Manufacturer que se parecen bastante a los de lo peor de Estados Unidos y los traidores con tanto de anexionistas.

