
Foto: Archivo Radio COCO
Subestimar la trinchera económica es una estupidez, idealismo del peor; verla como único soporte es otra idiotez y lleva al fracaso por un sendero horrible.
Karl Marx y Federico Engels criticaron a los economistas burdos. Vladimir Ilich Lenin desenmascaró a los enfermos de izquierdismo infantil; pero censuró a quienes se iban siempre por el lado administrativo de los lances.
El poeta Antonio Machado, en carta memorable a la juventud socialista de su país, se rebeló contra excesos lesionadores del pensamiento humanista, porque daban la mayoría del peso a lo material.
José Martí si bien fustigó utopías igualitaristas, detectó peligros en exaltaciones y dogmas aun en el propio marxismo y orientó: “es necesario contar siempre que los intereses rigen principalmente a los hombres, y que rara vez están las virtudes del lado de los intereses”, no se quedó atado de brazos frente a estas verdades.
Junto a la muestra personal de honestidad, sencillez y altruismo, demostró la urgencia de fortalecer las virtudes, de salvar a los seres humanos de ser “(…) máquinas de comer y relicario de preocupaciones. Es necesario hacer de cada hombre una antorcha”.
Me atrevo a añadir: y con la antorcha quemar la fiera que llevamos adentro, el egoísmo, el afán desmedido de riquezas y de poder, la maldad, lo vil…; tea vigorizada por el convencimiento: el ejemplo por delante y la palabra tan hermosa como veraz.
Esto no significa ver lo ideológico, lo espiritual, como carretera única: la lentitud, el atraso, el desencanto, hasta muchos reveses han mostrado la falla de tal conducta.
Sin embargo, de poco valen los cambios imprescindibles en la economía si la moral no llega a la altura requerida. Los riesgos acompañantes pueden enseñorearse en cada rincón si la ética carece de potencia.
Ni siquiera los avances contundentes de aquel campo rescatan a plenitud: una persona con la sensibilidad dañada tiene tanto de bestia. Cuando menos querrá dar sus esfuerzos con la cucharita del café y recibir los beneficios con el cucharón de la sopa, o zamparse el contenido de la olla olvidando el apetito de los demás.
¿Cómo edificar una sociedad más justa con personas parecidas a los animales domesticados que realizan sus actos circenses por la golosina ofrecida? Querrán ir a sitios prometedores de golosinas mejores sea donde sea, sin importarles de dónde salen los dulces aunque aquellos estén asentados sobre charcos de sangre.
Fidel Castro, además de expresar la esencia de esa imagen, advirtió: “(…) el desarrollo de la sociedad comunista es algo en el que el crecimiento de las riquezas y de la base material tiene que ir aparejado con la conciencia, porque puede, incluso, que crezcan las riquezas y bajen las conciencias (…)”.
Ernesto “Che” Guevara reflexionó en abril de 1965, antes de partir hacia el Congo, en unas profundas líneas para el Comandante en Jefe:
“El comunismo es un fenómeno de conciencia y hay que desarrollar esa conciencia en el hombre, de donde la educación individual y colectiva para el comunismo es una parte consustancial a él (…)”.
Dijo también: “No podemos medir en términos de ingreso per cápita, la posibilidad de entrar en el comunismo; no hay una identificación total entre estos ingresos y la sociedad comunista”.
La bondad, el amor por el prójimo no caen del cielo. Debemos sembrarlos y saber usar de forma sistemática el fertilizante adecuado en contenido y forma.
En esa misión son fundamentales la familia, la escuela, las organizaciones políticas y de masas, las comisiones de prevención y atención sociales, la prensa, el movimiento artístico y deportivo; estos alejados del campeonismo y de una especie de sistema de estrellas que todavía hieren.
El Apóstol ahonda con conceptos vigentes: “(…) quien intente mejorar al hombre no ha de prescindir de sus malas acciones, sino contarlas como factor importantísimo, y ver de no obrar contra ellas, sino con ellas”.
Cierto, una obra no se puede levantar creyendo que sus constructores son héroes y, por consiguiente, debemos tratarlos de acuerdo a esa visión. Los héroes son siempre minoría. Eso no desmiente la siguiente afirmación: en Cuba todos tenemos de mambí.
Ocurre que no siempre vence en el pecho una carga al machete contra lo peor de uno mismo y, precisamente, la labor con las cuestiones del alma es fundamental para que ese mambí se yerga.

