
Diseño: Gilberto González
“De México viniste muerto
pero después viniste vivo,
viniste vivo con Fidel”.
El Indio Naborí
Más allá del bello rostro mestizo y los ojos capaces de incendios, de los músculos de tigre tallados en el altar deportivo, del romanticismo salvador, Julio Antonio Mella asciende del brazo al corazón, del corazón al brazo.
Funda trincheras y, si le incomprenden la luz, abre más su pecho: José Martí y Vladimir Ilich Lenin, Carlos Baliño y Alfredo López emergen para ripostar a quienes dogmacastigan.
Es Cuauhtémoc Zapata en el exilio mexicano: vive primero el escrito en la fila más cercana al peligro. La pose a lo Sandino, el sombrerote; gracias a Tina Modotti, las Fotos del amor.
Con ella, sobre tongas de periódicos, convierte el archivo de El Machete en paraíso. Desde entonces, el cuarto de la pensión, las calles, las oficinas, donde quiera que enlazan las manos y las ideas: paraíso.
Cuando los disparos destrozan la fuerza de aquel pecho en Abraham González y Morelos, el atleta de la libertad vence a sus asesinos: dona los pulmones y los versos con Rubén Martínez Villena, pelea al lado de Antonio Guiteras y Carlos Aponte; lucha en España con Alberto Sánchez “El Rusito”, Rodolfo, Pablo de la Torriente… El plomo criminal lo abraza junto a Jesús Menéndez, el General de las cañas.
Muere mil veces de bala para renacer en mil batallas: cuando su busto es manchado con chapapote por esbirros de la dictadura de Fulgencio Batista el 15 de enero de 1953, moviliza a los jóvenes y les alimenta firmezas.
Su voz es la de José Antonio Echeverría en la denuncia; su fiereza estremecerá desde la respuesta de los congregados.
En la posterior caminata de protesta con sus muchachos. La ofensa es vencida con la manifestación. Cae herido de muerte otra vez: Rubén Batista Rubio es baleado y se convertirá en la primera víctima universitaria del batistato.
Como él, volverá a la pelea: la Marcha de las Antorchas, la Generación del Centenario se acerca a revivir a Martí, Raúl con la bandera cubana. No puede faltar. Aquella evocación del líder, en artículo contra el golpe a pocas horas de la traición, lo enlaza con Rafael Trejo y Guiteras.
Asalta el Moncada y el Palacio Presidencial, el yate Granma es la expedición soñada, apoya a los sobrevivientes de la tristeza de Alegría de Pío, confía en el optimismo visionario del Comandante en Jefe, junto a Camilo Cienfuegos combate en Yaguajay, con Ernesto Che Guevara toma Santa Clara, entra en La Habana al lado de Fidel Castro. Lo vieron batirse en Playa Girón y en tierras hermanas.
Su resistencia triunfadora sobre Gerardo Machado no debe limitarse a libros y crónicas: exige mayor amor, sin ocultar fracasos o ineptitudes ni envenenar con la desesperanza. Hasta después de muerto, Julio Antonio sigue siendo útil: el poema apasionado que fue su vida lo seguimos escribiendo en Cuba.

