
Siempre le escuché decir a mi abuela, en esos momentos cuando su voluntad de acero flaqueaba y el pesimismo hacía presa de ella, que “la esperanza era verde y se la había comido un chivo”. (Foto: ethosvirtual.blogspot.com)
Siempre le escuché decir a mi abuela, en esos momentos cuando su voluntad de acero flaqueaba y el pesimismo hacía presa de ella, que “la esperanza era verde y se la había comido un chivo”.
Ciertamente mi abuela vivió épocas de desesperanza, sobre todo cuando de niña veía a su papá, un isleño emigrante, romperse el lomo por unos cuantos centavos, mientras ella y sus hermanos crecían en un bohío con piso de tierra.
Desesperanza cuando no pudo pasar del sexto grado, porque estudiar no era el destino para una muchacha campesina, cuyo futuro estaba signado por el matrimonio y la casa.
La última vez que le escuché hablar a mi abuela de desesperanzas fue el otro día, mientras discutíamos en familia sobre el destino de Cuba.
Un poco más atrás su refrán salía a colación con frecuencia en los años 90 del pasado siglo, durante el llamado período especial, cuando llevar algo a la mesa, su principal responsabilidad en casa, era un acto de heroísmo.
Pero fisgoneando en su vida, no debe haber creído mucho mi abuela en su refrán de desesperanzas, cuando a los 86 años, llena de nietos y con dos bisnietos, sigue tan llena de fe como cuando cumplió los 20.
Mi abuela podría ser ella misma la negación de que la esperanza se la comió un chivo.
Esperanza, como la finca de Los Arabos donde ella y mi abuelo plantaron su casita y tuvieron a sus dos hijos.
Esperanza como la que tuvo cuando enrumbó a sus dos hijos por el camino del estudio y les impulsó a superarse y a salir del campo, no porque el campo les disminuyera, sino porque allí no podrían desarrollar sus carreras profesionales.
Esperanza cuando, tras el derrame cerebral que sufrió mi abuelo, se encargó de la finca y los animales hasta que el viejo Juan volvió a andar y los dos siguieron inundando la vida con sus esperanzas.
Mi abuela se llama Inés, pero debió llamarse quizás Esperanza, porque no sé que habría sido de su vida sin esperanzas.

Los cubanos somos un pueblo de gente esperanzadora, de gente que no se rinde, de seres humanos que nos aferramos a la alegría; que encontramos la esperanza en la familia y en el barrio; en los campos y en la ciudad; en las duras y en las maduras. (Foto: ain.cu)
Hay una canción del trovador cubano Silvio Rodríguez que habla sobre lo simple que suena la esperanza; un hermoso texto que nos hace cuestionarnos sobre lo alto que ponemos las varillas esperanzadoras en nuestras vidas.
Los cubanos somos un pueblo de gente esperanzadora, de gente que no se rinde, de seres humanos que nos aferramos a la alegría; que encontramos la esperanza en la familia y en el barrio; en los campos y en la ciudad; en las duras y en las maduras.
Los cubanos somos en cuestiones de esperanza como mi abuela Inés; de boca para afuera comentamos en cualquier lugar y a viva voz que la esperanza se la comió un chivo, pero a la hora de la verdad seguimos aferrados a la esperanza.
