
Cerca de 88 niños-bomba ha utilizado ya el Estado Islámico en su irracional guerra. Foto: Internet
A muchos niños en el mundo les secuestran la infancia para satisfacer mezquinos intereses de personas que se quedan sentadas mirando como la raza humana se cae a pedazos.
El lunes 22 de agosto el diario Granma publicó la noticia de un atentado perpetrado durante una boda en Turquía, en el que al menos 51 personas perdieron la vida de manera inmediata.
Según el rotativo los explosivos fueron introducidos en la fiesta sobre el cuerpo de un niño suicida cuya edad se calcula entre 12 y 14 años.
La noticia es dolorosa en todos sus aspectos, pero mucho más es saber que un infante se inmoló mientras el que lo mandó a la muerte se quedaba sentado en su refugio, quizás disfrutando de una bebida refrescante.
¡Quién sabe con qué argumentos le habrán lavado el cerebro al muchacho para convencerlo de una acción tan brutal! ¿O quizás lo obligaron mediante alguna presión insoportable?
El Estado Islámico ha utilizado ya a 88 niños-bomba en su irracional guerra. Los entrenan con métodos bestiales para despojarlos de cualquier vestigio de humanidad y convertirlos en máquinas de matar.
Desde hace años, miles de menores son reclutados para servir como soldados secuestrándoles esa hermosa etapa de la vida que debía estar dedicada al juego y los estudios.
Muchos de esos pequeños son obligados a combatir bajo amenazas, chantajes y otros medios de fuerza.
Las guerras no constituyen el único fenómeno que destruye la niñez. Millones de criaturas se ven imposibilitadas de estudiar a causa de la pobreza; muchos se ven obligados a trabajar o mendigar para ayudar al sustento de sus familias y cientos de miles mueren en edades tempranas a causa de desnutrición y enfermedades evitables.
Pero hay más: El abuso dentro del seno familiar. Niños acudiendo a clases armados y disparando en las escuelas, o cayendo bajo los disparos de otros, en un mundo enajenado por la violencia. Niños obligados a satisfacer las apetencias sexuales de adultos pervertidos.
José Martí escribió en La Edad de Oro que los niños son la esperanza del mundo, pero ¿qué esperanza puede depositarse en adultos que durante su infancia y adolescencia se dedican a matar? Solamente la esperanza de un mundo regido por el odio y la violencia.
Por suerte hay islas promisorias en ese maremágnum de maldad, miseria y desigualdad. En algunas sociedades como la de Cuba los infantes ocupan el lugar que les pertenece gracias a gobiernos progresistas y revolucionarios en los que se cumple ese otro pensamiento del Héroe Nacional de Cuba: “Los niños nacen para ser felices”.
