
La teoría de la aguja hipodérmica trata de explicar el poder de sugestión de los medios de comunicación masiva en las personas. (Diseño: Gilberto González García/Radio COCO)
Recientemente, una película norteamericana titulada Red Sparrow (Operación Red Sparrow en Hispanoamérica) me trajo a colación un tema sobre el que hace tiempo tenía en mente escribir.
No pretendo ejercer la crítica de cine, labor ingrata por demás y que requiere de herramientas especializadas que no poseo. No es ese el objetivo de este trabajo. No obstante, es necesaria una pequeña reseña para situar al lector.
El filme tiene como argumento la historia de Dominika, una antigua bailarina de ballet del Teatro Bolshói de Rusia, quien por fuerzas del destino se convierte en agente secreto de su país e intenta sobrevivir en un mundo plagado de mentiras, crueldad y doble moral.
Operación Red Sparrow resulta una excelente producción destinada al entretenimiento: buen guión, actores consagrados que dan vida a los personajes, entre ellos ganadores del Oscar como Jeremy Irons y Jennifer Lawrence. Vestuario, maquillaje y banda sonora impecables.
Sin embargo, un detalle que escapa a la vista del ojo “inocente” está presente en el largometraje, que funciona como perfecta cortina de humo. Se trata, nada más y nada menos, de que tras esa bien trabajada trama de espionaje y suspenso se esconden dos horas de propaganda antirusa.
Para empezar, el filme está ambientado en pleno siglo XXI; no obstante, propone una Rusia estalinista, donde los agentes secretos son considerados objetos y sus vidas, al igual que las del pueblo, dependen de la buena voluntad del Estado.
Son muchos los detalles que muestran la manipulación de la realidad: la subvaloración del ballet ruso (uno de los mejores del planeta), las míseras condiciones del hospital al que es llevada la protagonista, el ambiente de país subdesarrollado. En ese entorno, una de las tesis que plantea es correcta, la que indica que la Guerra Fría no ha terminado.
La forma de abordar este argumento es la habitual en Hollywood: los enemigos son seres sin corazón que tratan a sus soldados como armas al servicio de un maquiavélico gobierno. Claro, siempre bajo la impenetrable excusa de tratarse de un producto ficticio.
Lo cierto es que la Guerra Fría no terminó, sino que evolucionó a otras formas de agresión más “civilizadas”, como las sanciones económicas o la propaganda silenciosa. Todo esto se agudiza cuando, a menos de una semana del estreno de Red Sparrow, ocurre todo el escándalo relacionado con el caso Skripal.
Uno de los momentos que rayan en el sarcasmo se origina en una conversación entre un oficial de alto rango del servicio secreto ruso y la protagonista, en el que éste le explica las razones por las cuales sirve de “topo”, filtrando información a los norteamericanos “para quienes la libertad individual es al menos una aspiración”.
Resulta cuanto menos risible el discurso de libertad individual como bandera en Estados Unidos después de todos los datos revelados por Edward Snowden y Wikileaks sobre el espionaje en ese país y, más recientemente, los escándalos de fuga de información de Facebook y su aprovechamiento por la compañía Cambridge Analytica para manipular intenciones de voto en las elecciones que pusieron en la Casa Blanca a Donald Trump.

El actor argentino Ignacio Serrichio interpreta en “Huesos” a un intento de cubano que desconoce la realidad de la Isla. (Foto: FormulaTV)
Otro ejemplo de tergiversación sin tapujos aparece en la popular serie de televisión Bones (Huesos), con el personaje del forense cubano Rodolfo Fuentes (interpretado por el actor argentino Ignacio Serrichio).
En su introducción en la serie, Fuentes explica que tuvo que salir huyendo de la mayor de las Antillas, pues como antiguo jefe de antropología forense de la Isla usó su cargo para robar medicinas para personas enfermas que no tenían acceso a ellas, porque “los medicamentos en Cuba son extremadamente escasos y caros”. Aclaro que esta afirmación se hizo varios años antes de que ocurrieran los problemas con la industria farmacéutica cubana que provocaron la escasez de algunos fármacos.
Aunque sus apariciones eran esporádicas, cada presencia del becario servía para vender una Cuba infernal. Sin embargo, este personaje también nos permite apreciar cómo el complejo modelo de la industria cultural en las expertas manos de las oligarquías fluye de acuerdo al status quo.
A partir de la visita del presidente norteamericano Barack Obama a Cuba y a lo largo del proceso de normalización y restablecimiento de relaciones entre los dos países, el discurso de Rodolfo Fuentes se fue “suavizando”.
Otras visiones bien alejadas de la realidad de la mayor de las Antillas han aparecido también en series de gran aceptación como Scorpion y Criminal Minds: Beyond Borders.
El uso de la propaganda y la manipulación tuvo su corriente ideal entre 1920-1940 con la Teoría hipodérmica (Teoría de la aguja hipodérmica) o Bullet theory, que trata de explicar el poder de los medios de comunicación masiva tradicionales (cine, radio y prensa plana -hoy además con la televisión y el internet-) sobre sus públicos.
La idea que sugiere que un mensaje con destino específico es directamente recibido y aceptado en su totalidad por el receptor alcanzó su máxima expresión el 30 de octubre de 1938, con la ola de histeria masiva provocada por la transmisión en forma de noticiario de la novela La Guerra de los Mundos, adaptada por Orson Wells de forma tal que todo aquel que no escuchó la explicación inicial acerca del material radiofónico de ficción creyó que la Tierra estaba siendo invadida por los extraterrestres.
Si bien la Teoría hipodérmica plantea un receptor absolutamente pasivo, sin tomar en cuenta las diferentes mediaciones que tienen lugar en todo el proceso de la comunicación, el uso de la propaganda en los medios ha sido y es un arma valiosa en el arsenal de los imperios. Ejemplo de ello son la participación de William Randolph Hearst en la primera intervención de Estados Unidos en Cuba o la labor de Joseph Goebbels al frente de la maquinaria propagandística nazi alemana.

Un personaje manipulador como William Randolph Hearst queda retratado en el filme “El Ciudadano Kane”, de Orson Wells. (Foto: Kaos en la Red)
Más recientemente, el documental Secretos, política y tortura se encarga de desvelar cómo la Agencia Central de Inteligencia (CIA) usó la película Zero Dark Thirty (Objetivo bin Laden en Hispanoamérica), para justificar su programa de torturas. En este sentido, la serie de televisión 24 Horas también refuerza la noción de que el fin justifica los medios.
Sobre la misma línea, el sitio Wikileaks reveló que el Gobierno de Estados Unidos pidió colaboración a la industria cinematográfica para crear una imagen interesada de Rusia y el autodenominado Estado Islámico, en específico con la productora Sony Pictures Entertainment.
Otro documento expuesto a partir de la Ley de Libertad de Información, da cuenta de la participación de la CIA y el Pentágono en más de 800 películas importantes y más de mil títulos de televisión.
Los productos elegidos para actuar como aguja hipodérmica en la mente de los receptores, son en la mayoría de los casos los más populares entre los jóvenes: Transformers, James Bond, La Liga de la Justicia, Iron Man, X-Men. De ahí el peligro de consumirlos de forma acrítica, pues su propósito es crear matices de opinión de acuerdo a intereses hegemónicos.
Disfrutémoslos entonces como lo que son, fuentes de entretenimiento sin mucho valor adicional, conscientes de que más allá de héroes y villanos, buenos y malos, en ocasiones se esconden mensajes venenosos y, más importante aún, lejanos de la realidad. No corramos el riesgo de convertirnos en otra “bala perdida” de una teoría comunicacional.
Trailer en español de la película Operación Red Sparrow:
