Los grises seres tristes que nos roban el color

Los hombres grises son una metáfora de nuestra sombra negativa, y de nuestra obsesión por hacer y hacer sin fin y sin sentido.

Los hombres grises son una metáfora de nuestra sombra negativa, y de nuestra obsesión por hacer y hacer sin fin y sin sentido.

Recuerdo una película de animados, de factura italo-alemana, donde la gente poco a poco iba perdiendo el color hasta que quedaban grises. En la obra se hablaba simbólicamente sobre el mal manejo del tiempo, que hacía que las personas olvidaran el amor, los valores y la familia.

De aquella grisura les salvaba una pequeña niña, Momo, cuyo cometido era hacerles entender a los hombres grises que siempre hay tiempo para algo más que trabajar o enriquecerse; para los amigos, la bondad y el amor.

El color gris no es feo, aunque sí triste. A muchas personas les gusta vestir de gris porque aporta elegancia y como el negro, combina con el resto de los colores. Vestir de gris no está mal, pero ser gris es otra cosa.

Cuba no es un país gris. Para nada. Cuba está llena de color: de verde, de rojos, de amarillos, de azules, de negros, de carmelitas… Los niños tienen color cuando estudian y cuando juegan, cuando son buenos o cuando hacen travesuras.

Y hay color en la música, en la danza y en la plástica. Hay color en los jóvenes, en los adultos y los ancianitos. Hay color en los campos y en las ciudades; en las casas nuevas y en las viejas; en los edificios modernos y hasta en las ruinas.

Hay color en Cuba, ese color que no lo da la perfección del tinte o de la pintura, sino la fuerza del espíritu, del alma de que quienes le habitan.

Pero en Cuba sí hay gente sin color, gente opaca, gente que pasa por la vida sin dejar huellas, que se dejan llevar por el vaivén de la vida y se postran en sus cómodas posiciones.

Los hay en todas partes. Es fácil identificarles porque son neutrales, jamás toman partido, ni suscriben nada que les pueda comprometer. Son huraños, solitarios, carcomidos muchas veces por la envidia y repletos de frustraciones.

Los grises viven sus existencias rutinarias, tratando a toda costa que nada ni nadie les altere sus vidas intrascendentes. Aman la comodidad y trabajan por inercia. Para ellos no existen los nuevos horizontes. El mundo está bien como es.

Los grises no son amigos, ni siquiera compañeros… Altruismo y solidaridad son palabras demasiado grandes para ellos. Su egoísmo les convierte en ególatras… Ignoran la lealtad o el compromiso verdadero.

Los grises ven problemas en todas partes. La vida es una sospecha. Todo el mundo es culpable de algo y todos tienen defectos, menos ellos.

Los grises no hablan de frente, sino a escondidas y siembran la cizaña y el rencor adonde van. De acuerdo a la situación son viles traidores, cambia casaca, oportunistas, arribistas y aprovechados.

Les molestan los éxitos ajenos y no toleran el talento, porque para los grises el estado ideal es la mediocridad. Un mundo mediocre es más seguro, más confortable. No hay riesgos.

Les molesta la gente que avanza, que quiere cambios. Son los enemigos de las revoluciones, aunque después que estas triunfan se convierten, se acomodan y hasta sacan partido cuando les dan un chance.

A veces los grises quedan sin voz ni voto. A veces alguien con mucho color y más poder les relega a su grisura, con sus odios y sus resquemores. Pero siempre renacen, como las cucarachas y vuelven a habitar su mundo sin color.

Y cuando la gente no se da cuenta salen con sus grises más claros o más oscuros, robando la brillantez del rojo, del azul, del verde…

Lo malo no es que exista gente gris. Aprender a convivir con ellos es parte de la vida. En definitiva, con el paso del tiempo, nadie se acuerda de ellos.

Lo malo sería que, como en aquellos animados, los grises se expandieran y nos mataran definitivamente el color.

Color gris

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