
La unión de la madre y el hijo crece, y hay momentos supremos, como cuando dice por primera vez mamá y las piernas se aflojan de tanto orgullo, o cuando, ya más grande, lo escribe en su primera libreta. (Foto: 123parades.com)
Hay uniones que se rompen o disminuyen su fortaleza con el tiempo. Pero hay una que con el pasar de los años se hace más fuerte: la que existe entre una madre y un hijo.
Debe ser por aquel condón umbilical que aunque se corta al nacer, queda invisible para toda la vida, atando de una manera especial a la progenitora y su prole.
O quizás sea por los siete, ocho o nueve meses en el vientre, por el recuerdo de los vómitos, el asco y la acidez, por las caries que quedaron como consecuencia de los cambios hormonales y por las estrías en la barriga o los puntos que aún se notan en el cuello del útero.
Tal vez sea por las mordidas en los pezones, por las jornadas en vela cuando de pequeño confundía la noche con el día, por el dolor en los brazos y la columna o por todo el tiempo que el hijo detuvo a la madre en su realización personal.
La unión de la madre y el hijo crece, y hay momentos supremos, como cuando dice por primera vez mamá y las piernas se aflojan de tanto orgullo, o cuando, ya más grande, lo escribe en su primera libreta.
Y pareciera que cuando llega la primera novia o la mujer de su vida la unión se tambalea, pero entonces pasa algo, cualquier cosa, y el hijo entiende que ninguna mujer lo amará como su madre.
Después vienen las ayudas con el hijo del hijo, la envidia sana porque a él lo quieres y consientes más y el amor multiplicado en esa personita que tendrá también su lazo indestructible con una madre.
La madre siempre está ahí, incondicional, dispuesta a perdonar, a malcriar y a amar. Y siempre, mientras viva, el hijo se sabrá seguro.
Y ni la muerte destruye esa unión de hierro. No importa si el hijo es pequeño, o tiene 60 años, cuando queda sin la madre es presa del desamparo. Algo lo sigue halando, por eso siempre le duele el pecho cuando habla de ella.

