
Manuel González Bello (izquierda) junto al escritor Gabriel García Márquez. (Foto: Cubaperiodistas)
Después de una reciente reunión en la habanera Casa de la Prensa, para conmemorar el aniversario 70 del periodista Manuel González Bello (Ciego de Ávila, 1949- La Habana, 2002), pedí integrar el grupo que forjará una cátedra con su nombre, y deberá batirse en la revisión y preparación de los libros inconclusos de este creador, consumarlos y conducirlos a la edición, en lo fundamental del quehacer.
Entusiasmado ante el trabajo a realizar, después volví a disfrutar por enésima vez sus crónicas atesoradas por Con una sonrisa, obra publicada por Ediciones Mecenas, de Cienfuegos, hace bastantes años, digna de una reedición, y su ensayo sobre Pablo de la Torriente Brau, Pablo entre la broma y la muerte, conquistador de la primera mención en el concurso convocado por la Cátedra homónima de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de La Habana en 1999.
Me digo: sus colegas, especialmente, debieran leer y releer estas joyas; sobre todo, los más nuevos, y los estudiantes que anhelan ir mucho más allá de la noticia. Digo noticia y no los abundantes informes o especie de gacetilla a partir de un hecho, de espaldas a los preceptos del género: interés general y actualidad, mustios de inicio a fin en la forma, condenados a ser consumidos solo por varios dirigentes del periódico, el corrector, algunos funcionarios, y, si acaso, al vistazo huidor de la mayoría, sin pasar del título.
Al contrario, ¡cómo gozan y, a la vez, se alimentan los lectores con los textos de mi amigo! Además…De pronto, lo siento a mi lado. Mueve la cabeza, sonríe y me endilga un exagerado y me acusa de ciego por quererlo en exceso. Oigo su “No es para tanto, hermano, afloja…” Le respondo: “Déjame seguir; vale la pena”. Su clásica alegría triste gana sus labios antes de soltarme: “Allá tú y Calviño*…”
Continúo. Ojalá que se miraran en este espejo, para quitarse las manchas, quienes andan por ahí creyéndose cosas, exponiendo lo que conviene en momentos oportunísimos, sin sentir siquiera la octava parte de lo expresado, o los hipercríticos que desgarran, en busca de oro y galardones prometidos por los enemigos de la bondad.
No era perfecto, pero sus virtudes fueron siempre superiores a las fallas, y ningún ser humano anda libre de ellas: cubano, honesto, fidelista, que tienen mucho de sinónimo. Sin pretenderlo, ni tenerlo como meta, sus aptitudes y actitudes enlazadas, lo convirtieron en uno de nuestros más grandes periodistas, muy por encima de premios y diplomas, al llevar al papel querencias y opiniones, vivencias y sentimientos, de él y de otros, de una forma propia, simpática, convincente y honda, la nación y el planeta latiendo en el medio del pecho; vaya, a lo Manolito…
Lo conocí en el diario de la juventud cubana, en la llamada inserción, guiada por mí. Ya brillaba con luz propia. Y esa luz molestaba a mediocres y farsantes. No pocos de los que lo persiguieron por su justa rebeldía, aun desde sus años de estudiante, se ahogaron de gris o niegan muy distantes el alma de la patria.
La obra citada junta a aquellas Crónicas del Sábado suyas aparecidas en Juventud Rebelde, entre los años 1999 y 2001. Su canto a Pablo no tiene un solo desafino. .También marcó con su calidad humana, política y profesional a Bohemia. Escribía desde el pueblo, al que amaba y respetaba con toda la fuerza de su pecho bravo. Atraía sin herir la dignidad y hundir en el lodo; educaba y el lector no se daba cuenta y, por tanto, agarraba a éste con potencia superior: no ignoraba la importancia de entretener, de la sabrosura, hacía sonreír y reír; persuadía con pasos sutiles y firmes.
Su amor por Fidel, el Che, Pablo, por nuestros Cinco Héroes… lo llevaba a los hechos sin alharaca. Mostró siempre su gusto por el arte verdadero, la Nueva Trova en peldaño altísimo; su capacidad de imaginar al nivel del dominio para atrapar los más pequeños detalles de la realidad sin encandilarse: sabía nadar entre ellos hasta el buceo.
Jamás se quejó de situaciones absurdas e injustas que lo herían y que no debieron permitirse. Frente a su computadora vieja, sin un mobiliario admirable, un ventilador que echaba algo de aire en ocasiones, si se lo arreglaba un vecino gratuitamente porque solía no encontrar en los bolsillos el suficiente dinero, el refrigerador fallando, convertía su cuarto en la casa de vecindad, de Santa Marta 3, en un bastión de dignidad y combate.
Con la misma energía que odiaba al imperialismo, peleaba contra los errores que obstaculizan la construcción de la nueva sociedad: fustigaba el dogmatismo, la infamia, la burocracia, la guataquería, la sumisión, la mentira, la doble moral, y las condiciones que la impulsan hasta llevarla a lo peor: la simulación. Los retratados se asustaban ante esta prosa.
La muerte nos golpeó duro al llevárselo tan temprano. Manolito dejó una novela sin terminar, otros relatos y tantos sueños que podía haber convertido en creaciones poderosas y bellas como Con una sonrisa y el ensayo acerca del caído en Majadahonda por la libertad de España. Tenemos que rescatarlos, hacerlos vivir y entregárselos a las más nuevas generaciones sobre todo.
*NDE: Manuel Calviño es un destacado psicólogo cubano, que conduce desde hace muchos años el espacio televisivo Vale la pena.
