
Los organismos biológicos están formados por células. Ellas son sus ladrillos fundamentales. Los organismos fabrican y destruyen las células de acuerdo a sus necesidades.
Se dice, con toda razón, que el idioma es un organismo vivo porque crece y evoluciona de acuerdo a las condiciones del entorno. Los ladrillos fundamentales del idioma –sus células– son las palabras. Éstas se crean también de acuerdo a las necesidades históricas de los hablantes y algunas con el tiempo van cayendo en desuso, solo que no son destruidas como las células, sino que se quedan ahí, engrosando cada vez más los diccionarios. Y es bueno que así sea porque enriquecen el acervo cultural de los pueblos.
Las células de los organismos biológicos están compuestas por elementos propios como el núcleo, las mitocondrias, los ribosomas, etc. Las células del idioma están formadas también por partículas más pequeñas que se combinan entre sí.
Algunas palabras se modifican y combinan con otras para crear nuevos vocablos. Así, por ejemplo, la partícula “nauta” viene de un idioma tan antiguo como el griego y significa “navegante”. Una de las primeras referencias de esta palabra está en la leyenda de los argonautas, un grupo de héroes de ese país que navegaron a bordo del barco Argos en busca de un mítico vellón de lana.
Un poco más cerca en el tiempo, cuando los seres humanos comenzamos a surcar los aires surgió una nueva palabra: aeronautas y cuando traspasamos la barrera de la atmósfera en pos del espacio interestelar hubo necesidad de dos nuevas voces: cosmonauta y astronauta.
Pero con el desarrollo tecnológico apareció otra forma de navegar sin levantarse de la silla, a través del ciberespacio. Entonces se creó una nueva célula al idioma: cibernauta. Así es como se combinó aquella antigua palabra griega argonauta con el moderno vocablo cibernético.
Por lo general las nuevas unidades léxicas no surgen en un concilio de circunspectos académicos, sino que las crean los hablantes para cubrir una necesidad coyuntural y luego su uso se extiende hasta que los respetables eruditos se ven obligados a aceptarlas e incluirlas en los lexicones.
Mas, no todas las células ni las palabras son beneficiosas. En los seres vivos hay algunas que degeneran y se vuelven malignas, deformando al organismo. Las células cancerosas.
En el idioma también existen células cancerosas que lo vuelven feo y distorsionado. Éstas son las palabras mal empleadas, mal dichas, mal escritas y por encima de todas, las palabras obscenas.
Entre las palabras impúdicas hay muchas que en sus orígenes fueron comunes y corrientes, que servían para definir una acción u objeto, pero la malicia de los seres humanos las convirtió en células cancerosas, apartándolas de sus significados originales.
Los cubanos tenemos una tendencia a buscarle un “doble sentido” a todo y –sin ánimo de ser absoluto– es posible que seamos los campeones en eso convertir nombres comunes en palabras “prohibidas”. También se ha desarrollado una funesta tendencia a usar obscenidades lingüísticas en cualquier lugar y momento y ello deja mucho que desear de un pueblo como el nuestro, con un elevado nivel cultural.
Crear nuevas palabras o darle nuevos significados a las que ya existen no es una mala acción, siempre que se haga con sentido común, apegados a la ética, la lógica y las necesidades de cada época. Pero usar palabras soeces y hablar o escribir mal es como crear tumores al idioma.
Usar palabras vulgares es totalmente innecesario, pero decirlas en público es una muestra de total orfandad en tema de educación y civilidad.
“Palabras nuevas, necesito palabras nuevas”- Verso de una canción de la Década Prodigiosa interpretada por Los Javaloya
