
El joven Pablo Luis González Calix, Pablito, frente a una de sus obras, recién instalada. Foto cortesía del artista
Hace unos días me presentan un muchacho serio, callado y observador. Viene acompañado de su mamá, no dice su nombre, ella misma lo presenta. Su nombre es Pablo, y cariñosamente sus amigos lo llaman Pablito, y yo, a decir verdad, me gustaría llamarlo Manos Mágicas.
Es un joven artista que con sus manos hace viajar al que observe cada pintura y escultura suya por el maravilloso mundo del renacimiento. Con un solo toque ilumina la vida, realza los sueños. Talentoso como pocos, pensamiento de sabio y lenguaje de poeta.
Así es Pablito, lleno de sueños, fantasías que una vez intentaron arrebatarle; ilusiones que vio lejos cuando un terrible accidente pretendió apagar su sonrisa.

Las piezas de este joven crador pueblan espacios urbanos que antes estaban descuidados. Foto cortesía del artista
Pero ese niño se levantó de la terrible pesadilla, encendió la luz de su corazón. Manos Mágicas es como un árbol que por más que mutilen su tronco siempre vuelve a retoñar, a florecer entre las tempestades. Pablito lleva la tristeza en su alma, pero el amor de su mamá y el arte lo impulsan cada día a seguir adelante.
Él es un ejemplo a seguir por muchos, una semilla que merece germinar, que siempre atesoraré en mi jardín para que cuando crezca esa bella flor no me la dañen y cuidarla siempre.
Su madre, con ojos llorosos, siempre dice que se siente orgullosa de ese niño que un día temió perder, cuando aquellos días grises se apoderaron de sus vidas. Pero el amor materno hizo que el joven artista se levantara y siguiera adelante. “Él es un guerrero… mi Pablito, vuelve a renacer”, asegura ella.
Apenas unas horas después de conocerlo lo miré y le dije: “Sé feliz, porque las injusticias no detendrán nunca el talento, el dolor se supera, el amor siempre llega a nuestras vidas, la verdad existe, el miedo fortalece, los errores enseñan y tú nunca estarás solo”.
