La sexualidad reaparece hoy en Cuba como otros tantos temas de interés mayoritario, otrora clasificados entre los más neurálgicos en su tratamiento público, pero de gran interés sociológico debido a sus diversas implicaciones.
En momentos de profundos cambios de mentalidad y un accionar acorde a los imperativos del siglo XXI, los cubanos también responden a una inquietante ancestral en la que el comportamiento sexual humano es una expresión muy amplia, referida a conductas más o menos frecuentes en cualquier parte del mundo, aunque no exento de controvertidos puntos de vista.
Al respecto, resulta interesante la forma en que recientemente fue abordado el tema, a partir del análisis crítico de una tendencia que va tomando fuerza en la isla caribeña como aspecto inherente a las nuevas relaciones de comercio, la modernidad y los hábitos, convertidos en moda por los adultos, con trascendido a la infancia, particularmente en el sexo femenino.
De la reciente intervención pública de la psicóloga Patricia Arés Muzio, a través del sistema de la radio y la televisión nacional, La sexualización de la niñez, puso en evidencia un término que ya es frecuente en las sociedades de consumo y todo parece indicar comienza a infiltrarse en la isla como respuesta contemporánea “ingenua” y debido a las múltiples tendencias de un mundo globalizado.
Para comprender los pro y los contra de “ceder” a los imperativos de la moda, con sus múltiples accesorios, ropa y calzado, es necesario hablar con la misma sinceridad de la prestigiosa especialista cubana que sin prejuicios habló de la sexualidad, basándose en los conocimientos de la psicología moderna que deduce que esta puede o debe ser aprendida.
De ahí la importancia del tratamiento preventivo de determinadas conductas, porque pueden convertir a las niñas y por qué no, también a los niños, en objetos sexuales cuando desde temprana edad se les induce a imitar a los adultos en sus indumentarias que provocan miradas indiscretas y erotismo fuera de lugar, pues aceleran un proceso que deberá llegar a su debido tiempo.
Cierto es que hoy día se hace común observar a los niños de uno y otro sexo con atuendos que activan el deseo sexual, peinados y hasta arreglo de manos, depilación de cejas, decoloración del cabello y maquillaje, sobre todo en el caso de las hembras que a veces nos hace pensar en varios grupos de seres mitológicos desde antaño similares a humanos y extraídos de los cuentos de hadas.
Pero más allá de esa fantasía, el efecto no siempre va a ser el mismo y los comienzos llevan implícito el desarrollo de un estilo de vida que llegada la adolescencia y juventud, puede trascender en otras actitudes para producir un desenlace nada feliz.
Bueno es prevenir y evitar el excesivo abuso de exhibir públicamente lo que puede estar reservado para la intimidad y con más razón si modelamos ante la niñez, porque es imprescindible educar para que sobresalgan los valores humanos por encima de una sexualidad que naturalmente fluirá en la vida del hombre y la mujer en el momento oportuno.
Creo acertado recordar que la sexualidad humana de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) se define como:
“Un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida. Abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vive y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no obstante, no todas ellas se vivencian o se expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.
Si bien lo anterior ofrece un sinfín de posibilidades de realización personal, por qué no sugerir un comportamiento genuino en la búsqueda de una ética equilibrada, donde prevalezcan el derecho al conocimiento científico y a la educación sexual integral, solo posible a través de una comunicación afectiva e inteligente como preámbulo a esa sexualidad que hoy está a debate en Cuba.
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